Domingo, Febrero 25, 2018

Estilo de Vida
Fe y superstición
Ron Rolheiser

MTI El Horizonte/Ron Rolheiser
Publicada: Febrero 11, 2018

TEXCOCO.- El poder de una cláusula subordinada, un matiz dentro de una oración y todo adquiere un significado diferente.

Ése es el caso en una reciente y brillante novela, aunque provocativa, La Novena Hora, de Nina McDermott. Ella cuenta una historia que, entre otras cosas, se centra en un grupo de monjas en Brooklyn que trabajan con los pobres. Los tiempos son difíciles, las personas están necesitadas, y las monjas, que trabajan principalmente en el cuidado del hogar para los pobres, parecen dedicarse a ello en forma totalmente desinteresada. Nada, al parecer, puede desviarlas de su misión de darles todo, cada onza de energía, para ayudar a los pobres. Y en este aspecto, McDermott les concede lo merecido. Además, para cualquiera que esté familiarizado con lo que sucede dentro de una comunidad religiosa, la descripción que McDermott hace de estas monjas está a la vez matizada y es precisa. Las monjas no son del mismo tipo. Cada una tiene su propia historia, temperamento y personalidad únicos. Algunas son maravillosamente cálidas y atentas, otras cuidan de sus propias heridas y no siempre son paradigmas evidentes del amor y la misericordia de Dios. Y ése es el caso de las monjas que McDermott describe aquí. Sin embargo, dejando a un lado las peculiaridades de la personalidad individual, como comunidad, las monjas que ella describe sirven a los pobres y su testimonio en general es irreprochable.

Sin embargo, en seguida, después de contar esta historia de fe y dedicación y reflexionar sobre cómo hoy en día existen pocos grupos de monjas que aún vivan un compromiso tan radical, McDermott, a través de la voz del narrador, presenta una cláusula subordinada subversiva: "Las santas monjas que navegaron a través de la casa cuando éramos jóvenes era una raza moribunda incluso entonces... El llamado a la santidad y al sacrificio de sí mismas, la ilusión y la superstición que requería, se desvaneció del mundo incluso entonces".

¡Guauu! La ilusión y la superstición que requería. Como si este tipo de autosacrificio radical sólo pudiera ser producto de un miedo falso. Como si generaciones enteras de autosacrificio cristiano, celibato de votos y dedicación decidida pudieran ser desechados, después-de-los-hechos, como si en última instancia estuvieran basados en la ilusión y la superstición.

¿Qué tan cierto es eso?

Crecí en el mundo que describe McDermott, donde las monjas eran así, y donde un poderoso ethos católico las apoyaba y declaraba que lo que estaban haciendo era todo menos ilusión y superstición. Es cierto que ése fue otro tiempo y gran parte de ese ethos no ha resistido la prueba del tiempo y, de hecho, ha sucumbido en gran parte al poder crudo de la secularidad. Y entonces McDermott tiene razón, parcialmente. Parte de ese altruismo se basaba en un miedo poco saludable al fuego del infierno y la ira de Dios. Hasta cierto punto, se basó en una noción de fe que creía que Dios realmente no quiere que nosotros florezcamos mucho aquí en la tierra, ya que nuestras vidas están destinadas a ser, en su mayoría, una preparación sombría para el próximo mundo. Tal vez esto no sea exactamente ilusión y superstición, sino que es mala teología y ésta ayudó a sustentar parte de la vida religiosa en el mundo que describe McDermott y en el mundo católico de mi juventud.

Sin embargo, también había algo más que subyacía a este ethos, y lo inhalé profundamente en mi juventud y de una manera que marcó mi alma para siempre, como ninguna otra cosa que haya respirado en este mundo. A pesar de algunos temores falsos, había dentro de eso una fe bíblica, un mandato puro, que enseñaba que tu propia comodidad, tus propios deseos e incluso tus propios anhelos legítimos de florecimiento humano, sexualidad, matrimonio, hijos, libertad y tener lo que todos los demás tienen, están sujetos a un propósito más elevado, y se te puede pedir sacrificarlos todos, tus anhelos legítimos, para servir a Dios y a los demás. Era una fe que creía que naciste con una vocación dada por Dios y que tu vida no era tuya.

Lo vi primero en mis propios padres, que creían que la fe les hacía esas demandas, quienes las aceptaban y que, en consecuencia, tenían la autoridad moral para pedirles esto a los demás. Lo vi también en las monjas ursulinas que me enseñaron en la escuela, mujeres con sangre roja fluyendo por sus venas, pero que sacrificaron estos anhelos para venir a las escuelas públicas en nuestras áreas rurales remotas a enseñarnos. Lo vi también en la pequeña comunidad de la pradera que me nutrió en mi juventud, una comunidad completa que, en general, vivió este desinterés.

Hoy vivo en un mundo que premia la sofisticación por encima de todo, en donde, como sociedad entera, ya no estamos seguros de cuáles son las "noticias falsas" en comparación con lo que podemos creer y confiar. En este mundo inestable, la fe de mi juventud, de mis padres, de las monjas que sacrificaron sus sueños por enseñarme, y de las monjas a quienes Nina McDermott describe en La Novena Hora, puede parecerse mucho a la ilusión y la superstición. A veces es una ilusión, es cierto; sin embargo, a veces no lo es, y en mi caso la fe que mis padres me dieron, con su creencia de que tu vida y tu sexualidad no son tuyas, es, creo yo, la más verdadera, la más no-supersticiosa de todas.

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