Domingo, Febrero 25, 2018

El Santo Oficio
El silencio y la memoria
José Luis Martínez S.

MTI Milenio/José Luis Martínez S.
Publicada: Febrero 11, 2018

TEXCOCO.- Sentado a la mesa en un rincón de su modesta celda, alumbrado por una vela, el cartujo lee El silencio de los libros (Siruela, 2015), el breve ensayo de George Steiner, publicado originalmente en la revista Esprit en enero de 2005, sobre la fragilidad y fortaleza del libro, sobre la censura, la lectura y la manera como “el genio literario y filosófico ha coqueteado con la parte oscura del hombre, prestándole oído y brindándole apoyo”, como sucedió con Ezra Pound, Paul Claudel, Céline, Heidegger.

Lo lee y piensa si alguna vez la educación en México fomentará de verdad la lectura, si los políticos y los medios, más allá de inútiles ráfagas propagandísticas, están comprometidos con promover una experiencia para la cual resultan indispensables la memoria y el silencio, tan desprestigiados en esta época de tanta información y tanto ruido, de conocimientos solo útiles para una vida espiritualmente mediocre y desapasionada, como se ve en las escuelas, tanto públicas como privadas, como se ha visto hasta la saciedad en las precampañas políticas, llenas de lugares comunes y chistes sin gracia, de desvergüenza y promesas vanas de los aspirantes a cualquiera de los cargos en disputa, desde una presidencia municipal hasta la Presidencia de la República. Todos aburren y dan pena.

Si tuviera oportunidad, al cofrade le gustaría leerles, en voz alta, a los funcionarios de la SEP, a los candidatos, a los maestros del SNTE y la CNTE y a los padres de familia el siguiente fragmento, extenso sin duda para los estándares actuales, del libro de Steiner: “La educación moderna se asemeja cada vez más a una amnesia institucionalizada. Aligera el espíritu del niño de todo el peso de la referencia vivida. Sustituye el saber de memoria, ‘de corazón’, que es también un saber del corazón, por un caleidoscopio transitorio de saberes siempre efímeros. Limita el tiempo al instante e instila, hasta en los sueños, un magma de homogeneidad y de pereza. Puede decirse que todo lo que no aprendamos y no sepamos de memoria, dentro de los límites de nuestras facultades, siempre aproximadas, no lo amamos verdaderamente”.

Pocos tienen ya tiempo para leer —dice Steiner—, el tiempo se ha vuelto un lujo, como el silencio. Eso se advierte en todo momento, en la casa, en la escuela, en la calle, en los medios saturados de seres estridentes, los políticos en primer lugar. Por eso resultarían una bendición las intercampañas, si los postulantes y sus acólitos en los medios fueran prudentes, si se callaran, aunque fuera un momento, y se dedicaran a reflexionar acerca del compromiso enorme de gobernar o ser representante popular. Pero eso sería pedirle peras al olmo. No va a suceder, cuando menos en esta época de descarados chapulines, de oportunistas, de habladores sin remedio, de búsqueda desesperada de un hueso.

Intermedio con desvarío

La lectura prodiga dudas, incertidumbre, preguntas sin respuesta. Nada de esto se observa en los políticos mexicanos (y de tantos otros países), poseedores —dicen ellos— de todas las respuestas y todas las soluciones a los graves problemas de la nación, algunos incluso se manifiestan intransigentes con la crítica, sobre todo, paradójicamente, cuando ésta se realiza con argumentos y no con improperios. Muestran el cobre de la intolerancia cobijados por el manto protector de la fe sin fisuras de sus prosélitos, incapaces de leer y comprender las ideas de los presuntos “enemigos” de sus líderes, de reaccionar sin insultos y descalificaciones y amenazas, como lo hacen siempre los fanáticos. Ese es uno de los más grandes peligros para nuestro futuro, caer en las garras del sectarismo.

El monje piensa en todo esto —desvaría, para ser precisos— al leer sobre las amenazas contra el libro y la lectura, no solo en los países totalitarios, sino aun en democracias maduras como la estadunidense, enfrentada al desafío de un presidente fascista y una creciente ola de conservadurismo, donde, desde hace años, “la literatura clásica y contemporánea ha sido expurgada o retirada de las bibliotecas públicas y universitarias con el pretexto pueril y humillantes de lo ‘políticamente correcto’”. Donde las mentiras prosperan desde la cúspide del poder y los críticos son atacados, denigrados en las redes sociales, esa nueva inquisición.

En Estados Unidos, el presidente pretendió detener la publicación del libro Fire and Fury, de Michael Wolff, por no ser de su agrado, algo inimaginable en ese país, y sin embargo sucedió, como podría suceder en México, aunque ahora se vea con escepticismo.

La experiencia de la soledad

El pequeño y luminoso ensayo de George Steiner es acompañado de otro de Michel Crépu llamado Ese vicio todavía impune, donde escribe: “A fe mía, cuando pienso en los libros no veo una hoguera, veo a un muchacho sentado al fondo de un jardín con un libro sobre las rodillas”. Ese muchacho es el narrador de En busca del tiempo perdido, quien demanda y disfruta la experiencia de la soledad, de leer en silencio. Una experiencia, por lo general, negada a los jóvenes actuales, víctimas de la mala educación, de familias ruidosas, de “un ejército de necios, rutilante de estupidez y feroz ambición”, los publicistas y los políticos incapaces “de usar con tacto y justeza el poder del que ahora disponen”.

 Queridos cinco lectores, con el aquelarre de las intercampañas y el corazón a la deriva en una noche fría y lluviosa, El Santo Oficio los colma de bendiciones.

El Señor esté con ustedes. Amén.

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