Domingo, Febrero 25, 2018

En consideración de
Principios morales y desarrollo nacional
Julio Faesler

MTI Excelsior/Julio Faesler
Publicada: Febrero 10, 2018

TEXCOCO.- El desprestigio en que cayó el régimen actual es tan general que la derrota en las urnas, el próximo primero de julio, es asunto ya descontado para muchos futuros electores. La creencia de que la moral es asunto de meras creencias religiosas y que nada tiene que ver con la actividad política ha encontrado su inevitable consecuencia en las deplorables realidades nacionales que padecemos.

La moralidad en los asuntos públicos es tan necesaria para su buena conducción como lo es en la vida privada de cada ciudadano. Atrás debe quedar la artificiosa separación de la vida privada de la función social o pública. La experiencia confirma que la integridad del funcionario público o del profesionista depende más de su creencia personal en valores superiores que de su obediencia externa a las leyes aprobadas por el Congreso.

La justa fama que se construye a lo largo de un ejercicio probo y honesto de cualquiera actividad, sea pública o privada, o en los negocios, depende mucho más de haber seguido la propia recta conciencia que el temor a la cárcel, que, bien se sabe, puede esquivarse. Lo que es inescapable es el remordimiento o el sentimiento íntimo de culpa.

Si la rectitud es elemento necesario para la salud mental del individuo, lo es aún más para la conducción de un país. Es aquí donde, lamentablemente, han fallado una gran mayoría de nuestros gobernantes de todo nivel. El ejemplo de su falta de ética en el ejercicio del poder que les fue encomendado, sea por designación o por la vía electoral, fue tomado por miles como excusa fácil para un esquema de vida.

Consecuencia lógica de lo anterior, fue la rampante corrupción que desde hace tantos años se instaló en el país como un modus vivendi, ampliamente aceptado, que no encontró barreras sociales que la interceptasen, menos aún, en el ineficaz aparato policial sostenido y un maleado Ministerio Público. El engranaje judicial, con honrosas excepciones, se asimiló a la corrupción, donde halló, no su misión para detener el delito, sino un extenso horizonte de oportunidades para lucrar.

Pero todo comienza en el espíritu y la intención con que se emprenda cualquier actividad, sea pública o privada. Si por ética se entiende comportarse únicamente en consonancia de lo legalmente prescrito y tolerable serán innúmeros los casos en que lo estrictamente legal oculte atropellos a la justicia.   Lo que está en el fondo de la corrupción que resquebraja a la sociedad mexicana es la conocida insistencia del liberalismo en alejar los principios morales fundamentales de lo que es la ley escrita. Así hemos perdido en México el concepto de moralidad para atenernos a la formalidad legal que no es siempre lo justo.

Lo anterior ayuda a explicar por qué nos encontramos estancados como sociedad, conformados a lo cotidianamente aceptado, incluso a prácticas corruptas que llegan hasta a lo familiar, sin superar nuestro retrasado nivel de desarrollo.

El ambiente que se vive en nuestro país está percudido por la obsesión, rodeada por cierto de pobreza, de compraventa de productos y servicios, sin un atisbo de solidaridad social, sin la que es imposible que México pueda superar sus raquíticas condiciones de vida y florecer a los ritmos necesarios.

Los que pronto emprenderán sus campañas como candidatos confirmados tienen que entender el fondo del problema de la corrupción que domina a México, drenando el ánimo nacional. Su tarea principal es inspirar, con su ejemplo, a una ciudadanía cansada de corrupción y dudosa de los caminos que debe tomar.

Responder a este cuadro de circunstancias requiere apartarse de las gastadas fórmulas de cumplir “en tiempo y forma” o de las huecas promesas de llegar “hasta las últimas consecuencias de la ley” para de verdad abrazar y aplicar los principios de moralidad, cuya ausencia nos ha traído a donde estamos.

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