Martes, Enero 23, 2018

"La ternura revolucionaria del niño sacuda nuestra indiferencia"

MTI/ Texcoco Mass Media/J. Gabriel Cuevas P.
Publicada: Diciembre 25, 2017

El Papa Francisco.VATICAN//TEXCOCO PHOTO

CIUDAD DEL VATICANO, Roma.- (Texcoco Press).- Ternura revolucionaria. La pequeñez de un niño cuyo nacimiento, impasible, cambió la historia para siempre. Dos palabras, en aparente contradicción, que resumen el núcleo del sermón pronunciado por el Papa en esta misa de Nochebuena. En la Basílica de San Pedro, Francisco compartió una reflexión plagada de imágenes sugestivas: Del viaje extenuante de José, María y Jesús, una familia de refugiados forasteros; hasta la revelación a los pastores, marginados de la sociedad. Y clamó: “Pequeño niño de Belén, te pedimos que tu llanto despierte nuestra indiferencia, abra nuestros ojos ante el que sufre”.

En una fría noche romana, pasadas las 21:30 horas, Jorge Mario Bergoglio introdujo la celebración. En su homilía, no sólo quiso recordar la sencillez de los relatos evangélicos sobre la Navidad: María que dio a luz a su hijo y lo acostó en el pesebre, porque no había espacio para ellos en la posada. Optó por dar un paso atrás y recordar el decreto del emperador que obligó a los esposos a marchar, dejando su gente, su casa, su tierra y ponerse en camino.

“Una travesía nada cómoda ni fácil para una joven pareja en situación de dar a luz: estaban obligados a dejar su tierra. En su corazón iban llenos de esperanza y de futuro por el niño que vendría; sus pasos en cambio iban cargados de las incertidumbres y peligros propios de aquellos que tienen que dejar su hogar. Y luego se tuvieron que enfrentar quizás a lo más difícil: llegar a Belén y experimentar que era una tierra que no los esperaba, una tierra en la que para ellos no había lugar”, evocó.

Ante esa desafiante realidad nació el hijo de Dios, dijo. “En medio de la oscuridad de una ciudad, que no tiene ni espacio ni lugar para el forastero que viene de lejos, en medio de la oscuridad de una ciudad en pleno movimiento y que en este caso pareciera que quiere construirse de espaldas a los otros, precisamente allí se enciende la “chispa revolucionaria de la ternura de Dios”. En Belén se generó una pequeña abertura para aquellos que han perdido su tierra, su patria, sus sueños; incluso para aquellos que han sucumbido a la asfixia que produce una vida encerrada”, abundó.

Para el Papa, en los pasos de José y María se pueden ver las huellas de familias enteras que hoy se ven obligadas a marchar, de millones de personas que no eligen irse, sino que son obligadas a separarse de los suyos, que son expulsados de su tierra. En muchos de los casos –sostuvo- esa marcha está cargada de esperanza y de futuro; pero en muchos otros tiene solo un nombre: sobrevivencia. “Sobrevivir a los Herodes de turno que para, imponer su poder y acrecentar sus riquezas, no tienen ningún problema en cobrar sangre inocente”, graficó.

Así, siguió, María y José pudieron abrazar primero a quien, en su pobreza y pequeñez, denuncia que el “verdadero poder y la auténtica libertad” es aquella capaz de socorrer la fragilidad del más débil.

Luego recordó que esa noche en Belén, el anuncio llegó primero a quienes no tenían lugar ni en las mesas ni en las calles de la ciudad: los pastores, hombres y mujeres que vivían al margen de la sociedad. Eran considerados impuros; su piel, sus vestimentas, su olor, su manera de hablar y su origen los delataba. Todo en ellos generaba desconfianza, eran paganos entre los creyentes, pecadores entre los justos, extranjeros entre los ciudadanos. 

Pero a ellos, los paganos, pecadores y extranjeros, les fue comunicada primero la buena noticia y eso, insistió el Papa, hay que celebrar esta noche: La alegría de saber que Dios abrazó en su infinita misericordia a los paganos, pecadores y extranjeros. 

“La fe de esa noche nos mueve a reconocer a Dios presente en todas las situaciones en las que lo creíamos ausente. Él está en el visitante indiscreto, tantas veces irreconocible, que camina por nuestras ciudades, en nuestros barrios, viajando en nuestros metros, golpeando nuestras puertas. Y esa misma fe nos impulsa a dar espacio a una nueva imaginación social, a no tener miedo a ensayar nuevas formas de relación donde nadie tenga que sentir que en esta tierra no tiene lugar”, subrayó. 

“Navidad es tiempo para transformar la fuerza del miedo en fuerza de la caridad, en fuerza para una nueva imaginación de la caridad. La caridad que no se conforma ni naturaliza la injusticia sino que se anima, en medio de tensiones y conflictos, a ser casa del pan, tierra de hospitalidad”, siguió.

Por eso, el Papa señaló que el niño de Belén empuja a todos a convertirse en protagonistas de la vida que les rodea y no tener miedo de tomar en brazos, alzar y abrazar al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo y al preso. Gracias a ese niño, Dios invita a hacerse cargo de la esperanza, invita a ser centinelas de tantos que han sucumbido bajo el peso de esa desolación que nace al encontrar tantas puertas cerradas. 

“Que tu ternura despierte nuestra sensibilidad y nos mueva a sabernos invitados a reconocerte en todos aquellos que llegan a nuestras ciudades, a nuestras historias, a nuestras vidas. Que tu ternura revolucionaria nos convenza a sentirnos invitados, a hacernos cargo de la esperanza y de la ternura de nuestros pueblos”, sentenció. 

VATICAN/ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ

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