Martes, Diciembre 12, 2017

En la ciudad que nadie visita: Tombuctú

MTI/ Texcoco Mass Media/Alberto Durero Gijón
Publicada: Diciembre 06, 2017

Una nómada tuareg ante una mezquita del siglo XIII en Tombuctú, Mali. REUTERS//EL CONFIDENCIAL//TEXCOCO PHOTO

TOMBUCTÚ, Mali.- (Texcoco Press).- Imaginarse a Mahmud* atendiendo a los turistas en la recepción de su hotel es remover los fantasmas de Tombuctú. Es imaginar a personas de piel blanca esperando con sus maletas para hacer el check-in en una sala donde ahora el mayor movimiento es el de los insectos que se cuelan atraídos por la luz. O imaginar en los pasillos el bullicio de los soñadores que por fin alcanzaron la ansiada ciudad, también conocida como la Perla del Desierto. Cuentan los habitantes de Tombuctú que en aquella época jamás una terraza o una piscina estaban vacías, que en cada calle de la ciudad podían encontrarse dos o tres blancos y que, a veces, daba la sensación de que los extranjeros superaran a los autóctonos. En torno al 70% del tejido económico de la ciudad se basaba en el turismo. Ahora todo eso no es más que pasado. Los niños que hayan nacido en los últimos cuatro años escucharán estas historias como cuentos fantásticos.

Hoy en día, cuando un blanco llega a Tombuctú sus habitantes lo miran con expectación. ¿Quién será? ¿Por qué está aquí? La inseguridad y la amenaza de ser secuestrado por grupos yihadistas han hundido la economía local. No hay turistas en Tombuctú. No hay quien la visite. Los guías turísticos han emigrado o se han dado a la bebida. Los artesanos tuareg no tienen a quien vender sus joyas. Uno de ellos admite que a menudo tienen que detener la producción y desplazarse hasta Mopti, en el centro del país, para vender su mercancía. Las mezquitas, los mausoleos, las casas de los exploradores que consiguieron llegar hasta la tan deseada ciudad o las bibliotecas no reciben las visitas de quienes antes se aventuraban al norte de Mali para poder decir al mundo que la mítica ciudad existe.

La primera nube que amenazaba con tormenta se posó sobre Tombuctú en 2008. Aquel año el Rally Dakar, que atravesaba varios países del Sahel, fue suspendido por la amenaza yihadista, que ya provocó la anulación de dos etapas en 2007. A finales de 2008 cuatro turistas franceses fueron asesinados en Mauritania, país fronterizo con Mali, y París prohibió a sus nacionales moverse en determinadas zonas del Sahel. Otros países occidentales imitaron la medida y la cifra se redujo de 45.000 turistas en 2006 hasta 6.000 en 2009. Dos años más tarde, descendió hasta el alarmante número de 492, según recopilaba el periódico maliense 'L’Essor'. Después ocurrió algo terrible: por primera vez turistas fueron secuestrados en Tombuctú cuando Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) raptó a dos franceses en Hombori, a 200 km de la ciudad. Un día más tarde, el mismo grupo secuestró a cinco turistas a las puertas de su hotel en Tombuctú. Uno de ellos fue asesinado a sangre fría tras oponer resistencia y la ciudad entera quedó traumatizada.

Es la cosa más horrible que podía pasarnos. Si no hay turismo nada funciona en TombuctúSin embargo, el año en que realmente murió el turismo en Tombuctú fue 2012, cuando a la amenaza yihadista se sumó la enésima revuelta independentista tuareg. Grupos armados y yihadistas se unieron con la idea de conquistar el norte de Mali. Los primeros querían proclamar su propio país, denominado con la palabra con la que históricamente se ha llamado a la zona de tránsito tuareg, Azawad. Los rebeldes se hicieron con el control de las principales ciudades del norte del país y a Mali solo le quedó pedir la intervención militar de Francia para evitar que llegaran hasta la capital. Las fuerzas francesas ayudaron a recuperar el control del norte con la Operación Serval, reemplazada en agosto de 2014 por la Operación Barkhane, aún vigente. También se creó la Misión de las Naciones Unidas, MINUSMA, que sigue presente en el territorio con base en la capital, Bamako, y en diferentes ciudades del norte.

Para quienes vivían del turismo el panorama es desalentador. La ciudad está terminantemente desaconsejada para cualquier viajero. El sonido de las avionetas que llegaban cargadas de turistas ha sido reemplazado por el de los helicópteros de reconocimiento de la MINUSMA. A veces se avistan uno o dos con las reconocibles iniciales UN. Esos son los días buenos. En los malos, los helicópteros no dejan de pasar y vuelan a tan poca altura que el miedo se extiende entre los habitantes de Tombuctú. Al principio, los tombuctienses tenían miedo de que pudieran abrir fuego contra la ciudad en su misión de cazar yihadistas. Ahora han comprendido que tan solo vigilan.

No es lo único que ha cambiado. La ciudad ya no se divide por zonas más o menos turísticas. El viejo mapa ha sido sustituido por otro diseñado por la MINUSMA que divide Tombuctú en tres áreas en función de la seguridad: la roja, la amarilla y la verde. La roja es la zona habitada principalmente por bereberes y tuareg, donde hay más probabilidades de que se hayan infiltrado yihadistas; la verde es donde se encuentra la base de la MINUSMA y la zona amarilla es el resto de la ciudad. Ahora, los únicos extranjeros que de cuando en cuando caminan por la ciudad son los empleados de MINUSMA. “¿A quién vendes tus joyas si ya no hay turistas?”, preguntamos a un vendedor ambulante que pasa frente a la Mezquita de Djingareyber. “A MINUSMA”, responde, mostrando su mercancía.

 “Es lo más horrible que podía pasarnos”

La mirada serena de Mahmud contrasta con su tono de indignación, aunque parece agradecer que le pregunten por su suerte. “Es una catástrofe”, dice tras un silencio dramático en el que parece buscar las palabras exactas para expresar su desdicha. “Es la cosa más horrible que podía pasarnos”, continúa, “nos afecta a los hoteles directamente, e indirectamente al resto de oficios. Si no hay turismo nada funciona en Tombuctú”, asevera.

Cuando rememora los tiempos dorados del sector turístico en la ciudad, Mahmud recuerda que “desde que asesinaron al alemán y raptaron a tres personas el turismo fue disminuyendo progresivamente”. “Yo tenía 68 habitaciones que estaban ocupadas 24 horas todos los días de la semana. Desde los acontecimientos de 2012 tengo ocupadas entre 4 y 8 habitaciones como máximo. Antes éramos 24 empleados, ahora somos cinco y no podemos hacer que el hotel funcione de manera normal. Solo limpiamos las habitaciones cuando sabemos que vendrá alguien”, admite.

Mahmud, al igual que otros tombuctienses, asegura que el único hotel que funciona en la ciudad es el L’Auberge du Désert. ¿El motivo? Se encuentra en la zona verde, cerca de la MINUSMA, y además tiene seguridad. “El resto de hoteles está en la misma situación que éste, e incluso peor”, se lamenta. “Naciones Unidas ha dividido la ciudad en zona roja y verde. La roja, donde estamos nosotros, es la peligrosa, según ellos. Pero, ¿sabes qué? Cada vez que hay problemas en la ciudad es en la zona verde”, dice.

La paradoja de la división en zonas de Tombuctú es que el objetivo de los yihadistas es la MINUSMA, por ello cuando se producen ataques en la ciudad están dirigidos contra su base. Ocurre algo similar en el resto del país. Los principales objetivos de los yihadistas son los puestos policiales y los efectivos de la MINUSMA, lo que ha convertido a esta misión de Naciones Unidas en una de las más mortíferas, con 133 personas asesinadas desde sus inicios hasta agosto de 2017.

“MINUSMA no está aquí para buscar la paz sino para dar trabajo a su personal. Cuanto más están aquí, más guerra hay. No hacen nada. Cuando se les ve en la ciudad es cuando traen chicas al hotel o vienen a la piscina”, denuncia Mahmud. La ausencia de cariño hacia la MINUSMA por parte de Mahmud es evidente. Pero su visión resume un sentimiento compartido entre todos los tombuctienses. Además, “nos faltan el respeto. Ellos saben que nos hablen como nos hablen vamos a acudir a ellos porque no hay otra solución para nosotros”, explica.

Cuanto más está MINUSMA aquí, más guerra hay. No hacen nada. Solo les ves cuando traen chicas al hotel o vienen a la piscinaY es que trabajar con MINUSMA es otra de las vías por la que han optado algunos habitantes para salir adelante. Mahmud cuenta que cuando los yihadistas tomaron la ciudad asumió que todo estaba perdido. “Me encerré y no paré de llorar en días”, admite. Con los yihadistas en la ciudad nunca volverían los turistas a los que se ha dedicado 27 años de su vida. Pero con la llegada de MINUSMA se abrió una puerta a la esperanza. “Pero nada cambia, no veo que haya paz en el futuro”, explica.

Moussa Tiécoura Coulibaly es más optimista. Quizás porque quiere causar buena impresión, quizás porque es la actitud que necesita para sobrellevar de la mejor manera posible su trabajo como director regional del turismo y la hostelería en Tombuctú. Coulibaly da varias informaciones que resumen la situación del turismo en la milenaria ciudad del desierto. Hay tres hoteles ocupados por la MINUSMA, donde se alojan los diferentes contingentes, y un cuarto hotel que es el único recomendado para quienes visitan la ciudad. Pero quienes vienen de paso no son turistas sino personal de la misión de Naciones Unidas, de ONG y de la administración pública. En 2012 y 2013 no hubo turistas, debido a la crisis.

“En 2014 tan sólo vino uno, una china”, cuenta. “Y en 2015 una guía trajo a tres turistas escondidos”, advierte. “Desde MINUSMA me dijeron que cerrara la oficina y me fuera pero yo no obedezco órdenes de la República de MINUSMA”, cuenta, con tono molesto. En 2016 el número de turistas en Tombuctú aumentó a 13 internacionales de diferentes nacionalidades. A principios de ese año, Béatrice Stockly, una nacional suiza que ya había sido raptada en 2012, volvió a ser secuestrada por AQMI en Tombuctú, donde residía desde hacía años. Aún no ha sido liberada.

Según Coulibaly de las cinco agencias oficiales de viajes que trabajaban en la ciudad solo dos siguen funcionando, “pero desde 2014 hasta ahora no han superado juntas la cifra de 20 turistas. Una de ellas solo tuvo como clientes una pareja de americanos”. La esperanza de Coulibaly reposa en los estadounidenses. No tiene más argumento que su creencia en que si ellos vienen el resto de extranjeros vendrá. Pero Oumar Aboubacrine Cissé, el alcalde de la ciudad, “no aconsejaría actualmente venir como turista a Tombuctú” a pesar de que la vida casi ha vuelto a la normalidad. El mayor peligro que siente la población de Tombuctú es el robo de vehículos y el pavor a estar en el momento inoportuno cuando se ataca a la misión de Naciones Unidas. “Si te tiene que pasar te pasará”, repiten los tombuctienses con cierto fatalismo, ya habituados a la insegura seguridad que se respira en las calles.

Mahmud evoca las diferentes temporadas del turismo en la también conocida como ciudad de los 333 santos. Cada una tenía un nombre. La Gran Temporada, que duraba desde septiembre a febrero; la Época del Desierto, en abril, cuando los turistas alquilaban los 4x4 y se perdían varios días en las dunas. De julio a agosto le llamaban la Pequeña Temporada o la Estación Española porque “venían muchos españoles en esos meses”, explica sonriendo. Y a junio lo denominaban el Periodo Muerto. “Ese mes apenas venían turistas pero yo tenía ganas de descansar, así que tenía vacaciones… y bien merecidas”, asegura desenterrando los fantasmas de Tombuctú que se confunden momentáneamente con el polvo y los insectos que pasean por la recepción.

“Antes podía ganar 50 millones de francos CFA al mes (76.224 euros), ahora gano unos 500.000 CFA (762 euros)”, calcula. La memoria de sus habitantes evoca una Tombuctú llena de vida y fortuna. Una ciudad que parece haber atraído al oro desde antaño, aunque no estuviera construida de este material, como creían muchos exploradores que se aventuraron para llegar hasta aquí a pesar de poner en peligro su vida. Hoy se asfixia sin los turistas. Dice el alcalde de Tombuctú que a la ciudad le falta ahora un pedazo de su alma. Comentan los tombuctienses que la Perla del Desierto sin los extranjeros ha perdido parte de su belleza.

*Nombre ficticio por seguridad.

EL CONFIDENCIAL/MARÍA RODRÍGUEZ

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