Miércoles, Noviembre 22, 2017

El Papa en Nettuno y en las fosas Ardeatinas "la guerra nos destruye"

MTI Texcoco Mass Media/J. Gabriel Cuevas P.
Publicada: Noviembre 04, 2017

El Papa en cementerio en Nettuno.VATICAN//TEXCOCO PHOTO

CIUDAD DEL VATICANO, Roma.- (Texcoco Press).- El papa Francisco camina en silencio y con la cabeza baja en mitad de las cruces blancas que caracterizan el Cementerio americano de Nettuno. Después de los cementerios romanos de Verano y de Prima Porta, el pontífice argentino ha elegido pasar el día en el que la Iglesia conmemora todos los difuntos entre las lápidas de los soldados americanos –y, entre ellos, también las de las mujeres de la Cruz Roja-- que perdieron la vida en una cruel batalla iniciada en enero de 1944 y que duró cerca de cuatro meses tras el desembarco en Anzio, pueblo de la baja costa del Lazio convertido en teatro de sangre y muerte de cientos de miles de personas. 

Bergoglio reza por todos e, idealmente, por quien murió en aquella “inútil masacre”, según la definición de Benedicto XV, que cada guerra representa. Mientras los feligreses reunidos allí recitan el Ave Maria, Bergoglio se para y reza o lee los nombres de los 7.861 militares sobre los cuales se apoyan las rosas blancas y las banderas con estrellas y rayas. Entre las víctimas hay un desconocido, un italo-americano y un judío. 

Siempre en silencio el Papa se acerca a la sacrestía, recibido por el obispo de Albano, Marcello Semeraro, por la directora del cementerio, Melanie Resto, y por los alcaldes de Anzio y Nettuno, para celebrar la misa en el altar delante del Memorial que hace de ingreso a la capilla. Cuatro imponentes muros de mármol sobre los cuales están incisos los nombres de 3.094 desaparecidos y en 490 tumbas están recogidos los restos de aquellos que han sido identificados. Y es allí que el Obispo de Roma lanza su grito: “Por favor, Señor, nunca más la guerra, nunca más. Nunca más esta masacre inútil”. Grito, susurrado con un hilo de voz, que reverba lo que ya afirmó durante el Àngelus ayer: “Las guerras no producen nada más que cementerio y muerte”. 

Hoy, dice Francisco en su homilía improvisada, “que el mundo está de nuevo en guerra y se prepara para ir más fuertemente a la guerra, decimos: nunca mas Señor. Con la guerra se pierde todo...”. Ante este escenario dramático el Papa habla sin embargo de esperanza: “Hoy es un día de esperanza”, afirma. Una esperanza “que no decepciona” como decía San Pablo en la segunda Carta leída durante la celebración. “La esperanza nace muchas veces y pone su raíz en tantas plagas humanas, en tantos dolores humanos, y aquel momento de sufrimiento nos hace mirar el Cielo y, como Job, decir: yo creo que mi Redentor está vivo pero párate Señor”. Es necesario decirlo, es más, gritarlo en este día en el que se reza por todos los difuntos y en este “lugar especial” que conmemora la muerte de tantos que eran poco más que veinteañeros. Bergoglio recuerda a la anciana que, mirando las ruinas de Hiroshima devastadas por la bomba nuclear, “con sabiduría resignada pero con tanta pena, con la lamentable resignación que saben vivir las mujeres porque es su carisma decía: “Los hombres hacen todo para declarar y hacer una guerra y al final se destruyen a sí mismos”.

“Esta es la guerra, la destrucción de nosotros mismos”, comenta el Papa, “seguramente aquella mujer había perdido hijos y nietos, tenía una plaga en su corazón y lágrimas. Si hoy es un día de esperanza, hoy también es un día de lágrimas”. Lágrimas como las de las esposas y madres que durante los conflictos mundiales vieron llegar una carta acompañada de la frase trágica: “Usted, señora, tiene el honor de que su esposo fue un héroe de la patria, que sus hijos son héroes de la patria”. Lágrimas “que la humanidad de hoy no debe olvidar”, dice el Papa Francisco, “el orgullo de esta humanidad que no ha aprendido la lección y parece que no quiere aprenderla. Cuando tantas veces en la historia los hombres piensan en hacer una guerra, están convencidos de traer un nuevo mundo, de hacer una primavera y, sin embargo, termina un invierno, feo, cruel, el reino del terror y de la muerte”.

Esta es la guerra y este es su único fruto: la “muerte”. Del futuro, de los jóvenes, de niños “inocentes”. El Papa invoca a Dios la “gracia del llanto” e invita a orar por las muchas, demasiadas, víctimas que “mueren en las batallas diarias en esta amarga guerra que está arruinando nuestro mundo”.

Después de la etapa en Nettuno, el Papa Francisco se trasladó al Santuario de las Fosas Ardeatinas, un símbolo de la Resistencia y las masacres Nazi-fascistas. Aquí, el 24 de marzo de 1944, 335 personas, civiles y soldados italianos, fueron asesinados por las tropas de ocupación alemanas como represalia por el ataque partisano contra los soldados de las SS alemanas de Via Rasella. 

Aquí Francisco –cuarto Pontífice en visitar el Sacrario (el último fue Benedicto XVI el 27 de marzo de 2011 en ocasión del aniversario de la Resistencia)-- opone a las palabras el silencio y llevó a cabo una oración durante algunos minutos en el lugar donde tuvo lugar la masacre de diez italianos, entre militares, civiles y prisioneros políticos, por cada alemán muerto. La víctima más joven (todos hombres) tenía 14 años, el más anciano era un hombre de 74 años. 

Francisco entra solo, recorriendo un largo pasillo oscuro de piedra. El silencio de su ingreso es interrumpido por el aplauso espontáneo de los feligreses reunidos en la plaza Marzabotto, entre los cuales destacan miembros de la Asociación nacional familias italianas mártires de caídos por la libertad de la Patria y diversas mujeres ancianas, emocionadas, a las cuales el Papa había dado la mano. A su llegada el Papa fue recibido por el comisario de ’Onorcaduti’ y director del Sacrario, el rabino jefe de Roma, Riccardo Di Segni, y la presidenta de la Comunidad judía de Roma, Ruth Dureghello. 

El Pontífice escucha la historia de aquel dramático evento: hombres, arrastrados con las manos y los pies atados, asesinados de cinco en cinco con un disparo en la nuca y apilados uno sobre el otro. Frente a la puerta de hierro que delimitaba el lugar de las ejecuciones de los inocentes, reza durante casi 4 minutos y después intercambia algunas palabras con el rabino Di Segni que le explica que 75 de los 335 muertos eran judíos: “Todo compartido... Nos encontramos juntos para recordar cosas terribles que no deben volver a suceder”. Juntos, el Papa y el rabino, se acercan al mausoleo donde reposan las tumbas de las víctimas; sobre algunas de ellas Bergoglio posa una rosa blanca y, como en el Cementerio de Nettuno, camina lentamente para leer los nombres grabados en la piedra. 

Por turnos Di Segni y el Papa pronuncian sus oraciones. La del papa, escrita sobre un folio conservado en el bolsillo, se dirige al “Dios de los 335 hombres muertos aquí, cuyos restos yacen en estas tumbas: “Tú, Señor, conoces sus rostros y sus nombres, todos ellos, incluso los 12 que nosotros desconocemos. Para ti ninguno es desconocido. Dios de Jesús, Padre nuestro que estás en el cielo, gracias a Él, el crucifijo resucitado, sabemos que no eres el Dios de los muertos, sino de los vivos y tu alianza es más fuerte que la muerte y garantía de la resurrección. Haz que en este lugar dedicado a la memoria de los caídos por la libertad y la justicia nos quitemos las botas del egoísmo y la indiferencia y, a través del arbusto ardiente de este mausoleo, escuchamos en silencio su nombre”. 

Para terminar el papa Francisco firma en el Libro de Honor: “Estos son los frutos de la guerra: odio, muerte, venganza...”, escribe. Después, una vez abandonadas las Fosas Ardeatinas, concluye su 2 de noviembre con otro momento de oración. Esta vez en el Vaticano, en las Grutas de la Basílica, donde reposan los Papas del pasado, a los que conmemora de nuevo en absoluto silencio. 

VATICAN/SALVATORE CERNUZIO

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