Viernes, Diciembre 15, 2017

Agua de Azar
El rostro de las letras
Jorge F. Hernández

MTI Milenio/Jorge F. Hernández
Publicada: Octubre 12, 2017

TEXCOCO.- Rogelio Cuéllar lleva más de 40 años tomándole fotos a la literatura. Es el duende travieso que sorprendió a Borges en un mingitorio, y el hábil lente que reveló los dedos curvos de Carlos Fuentes, el de la nariz aguileña… Es el retratista del silencio de Octavio Paz y de la temblorosa mano de Bioy Casares al dedicar una invención para una musa de ojos azules. Rogelio lo ha leído todo con la cámara y al hacerlo se ha convertido en el cronista de cronistas, cuentista de cuenteros y novelista callado de las novelas que se revelan en las pupilas de los escritores con eñe (sobre todo los que procuran escribir en español) y las cabelleras al vuelo de las poetas perdidas o las cuentistas que rebasan toda cuadrícula de los reclamos del género o de los géneros… Cuéllar ha congelado la microhistoria bibliográfica de la ficción que nos distingue y nos eleva; son las caras de los creadores al filo de sus libros o en el quicio de sus patios, en la antesala de las horas muertas, las largas madrugadas en el velero de la imaginación y de la rima o en el traqueteo necio de una historia que se va forjando tecla a tecla.

Cuéllar empezó con el lente pegado al ojo y vendiendo imágenes al azar; fue de los heroicos periodistas que militaron en el ejemplar periódico Excélsior de antes… y algo lo llevó a la loca idea de ir retratando escritores consagrados antes de su consagración o en el fragor de sus efervescencias: ha fotografiado a todos los ganadores del premio Cervantes antes, durante y después de que lo obtuvieran y a muchos no pocos plumillas en la imberbe pose que precede incluso a que sean leídos. El espectador contempla las caras y murmura los títulos de los libros implicados, o recita el callado verso que lleva en sus labios una poeta al filo de una fuente, o se ríe con el desparpajo de uno de los más grandes narradores de la humanidad entera sentado en el pretil de un escalón de cantera, amezclillando la elegancia de una selva entera que lleva ensortijada en el pelo. Aquí están los Maestros con mayúscula, y los discípulos que se volvieron maestros, y las voces de las mujeres que enredan la trama de sus personajes en una madeja que pasa página en sincronía con el cuentista que aparece en el lado non de este libro que se llama El rostro de las letras, que ha sido hermosamente editado por María Luisa Passarge, de La Cabra Ediciones, y que hoy se presenta en Madrid, donde escribo estas líneas con una admiración de décadas y una gratitud en deuda porque no niego que, al haberme fotografiado, Cuéllar me hizo sentir lo que sienten los escritores de a de veras y advertir lo que se creen los que se marean y tambalean sobre el ladrillo de saberse leídos.

Con Cuéllar el rostro del escritor pierde el maquillaje de las reseñas encargadas y la rumiante grilla de los cenáculos impostados. En blanco y negro, gelatina sobre plata, huella digital o revelado exprés, Cuéllar ha literalmente pintado sin acuarelas ni aceites los rostros que se distinguen de tantas caras, las personas que narran a la gente, los párrafos que plasman la vida misma y las letras —una a una— con las que todos configuramos un relato, o la delicada metáfora de un verso que parecen atarse al beso invisible que se resguarda en los labios de la más bella de las escritoras o en la palabra enigmática que se quedó callada bajo los párpados de un autor intemporal.

Cada fotografía es un instante, un segundo que se prolonga cuatro décadas o 60 páginas en la callada lectura de quien se emociona aún mirando a los autores que nos hablan de noche, inmóviles en la pantalla de una página donde parecen deletrearse sus propios cuentos o en la marejada inverosímil de sus novelas o en el bosque que cabe en una sola línea de un poema que intenta recrear la música de los pétalos con rocío. Cada fotografía es un paso ascendente sobre los estrechos escalones de un templo de piedra y luz, sombras que engrandecen el alma callada de una lengua que es patria para todos, traducida para el mundo en la cara del hombre que escribe a solas simplemente porque la realidad no basta y en la retina de Rogelio Cuéllar, quien toma fotografías de la pluma en reposo, imaginada en la cara del escritor que se propuso hacer un mapa de sus alegrías y una topografía de todos los dolores, línea a línea con la tinta espesa de una pluma entrañable o sobre la pantalla azul de su minúsculo universo infinito para que alguien lo lea moviendo los labios al hilar las sílabas que van tejiendo los millones de puntos que conforman en pixeles la fotografía con la que también somos leídos. A eso vino Rogelio Cuéllar a Madrid, y yo estoy aquí para aplaudirle con una fotografía que queda impresa… como un abrazo.

Jorgefe62@gmail.com

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