Viernes, Octubre 20, 2017

Altares y sotanos
El periodismo en manos de la barbarie
Ismael Bojórquez

MTI Río doce/Ismael Bojórquez
Publicada: Octubre 09, 2017

TEXCOCO.- “Después de haber sido agredido en la agencia de periódicos por los dos sicarios, me escondí por varios días en la casa de un familiar y traté de olvidarme de El Espectador. La intención de Pablo Escobar de sacar del medio al periódico continuó en las acciones contra su circulación en la ciudad. Los distribuidores temían sacarlo a la venta; los sicarios pasaban puesto por puesto, compraban o decomisaban todos los periódicos y luego los quemaban y advertían que no debían ofrecerlo más, pues si lo hacían pagarían con sus vidas. Ese miedo llegó hasta los lectores más fieles, sobre todo a personas de edad para quienes leer El espectadoren el parque era un grato hábito. Estas personas, como estrategia, compraban otro periódico y dentro de las páginas del mismo metían El Espectador y así podían leerlo en los espacios públicos”.

Algo me recuerda esta historia contada por los periodistas Carlos Mario Correa y Marco Antonio Mejía, ex reporteros de El Espectador en la época más fiera de Pablo Escobar Gaviria, quien mandó asesinar al director del diario, Guillermo Cano, en 1986.

A vuelo de pájaro, Correa me contó cómo tuvo que trabajar en esa época en Medellín, una ciudad durante lustros gobernada por Escobar. Odiaba todo lo que oliera al diario. Todos los días El Espectador publicaba notas desde Medellín pero no estaban firmadas por el reportero. Entonces Pablo Escobar dio la orden a sus sicarios para que investigaran quién era y dónde estaba, para asesinarlo. Lo que no se supo hasta mucho tiempo después y ahora se publica en el libro Las llaves del periódico, escritopor estos dos reporteros, es que Correa vivía en el cuarto piso de un edificio y el jefe de sicarios de Escobar vivía en el octavo. Pero Correa se hacía pasar por estudiante de contabilidad, en una vida desafiantemente clandestina.

Fue un despropósito criminal el del capo, como lo fue el asesinato de Javier Valdez, que me convenzo cada vez más fue un crimen de odio, una decisión de alguien a quien no le gustó algo de lo publicado por Javier y decidió matarlo. No para detener la publicación de algún reportaje —de eso también estoy convencido—, sino para saldar una cuenta con la frustración y el encono. Igual que en otros casos de periodistas asesinados, como si de esa forma se acallara la verdad.

¿Eso podrían entenderlo los narcos? Es muy difícil. Seguramente lo entendieron los viejos capos, de los cuales quedan ya muy pocos, pero no las nuevas generaciones, que muestran grados más acentuados de irracionalidad. Lo conversamos muchas veces en Ríodoce y nos lo dijeron otras tantas: “ustedes no podrían hacer el periodismo que realizan en Tamaulipas o en Veracruz… o en Jalisco…”.

Pero las condiciones cambiaron y ahora sabemos que no hay escudo ni blindaje que te proteja contra absurdos como estos. Si alguien da la orden, será ejecutada. Seguramente los que jalaron los gatillos ni sabían quién era Javier Valdez. Y se han de haber espantado al ver lo que provocaron. Pero ahora deben estarse riendo si es que viven, porque el gobierno, a pesar del impacto que causó, no quiere investigar y castigar el crimen.

¿Dónde se atoró la investigación? No lo sabemos. Pero es evidente que el gobierno empieza a echarle tierra al caso.

Bola y cadena

EN LA CIUDAD DE MEDELLÍN SE LLEVÓ a cabo el fin de semana pasado la quinta edición del Festival Gabo, definido por Jaime Abello, director de la Fundación Gabriel García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, como una reverencia al oficio. Decenas de invitados, finalistas de los premios en diferentes géneros y galardonados, se reunieron en una auténtica fiesta de las letras y las imágenes, como siempre, con el único fin de que los periodistas compartan sus experiencias y se relacionen en la búsqueda de mejorar el trabajo que realizan en sus respectivos espacios. Es una herencia que el Nobel colombiano de literatura nos dejó, una misión para ser cumplida por todos los que nos dedicamos a esto que el colombiano llamó el mejor oficio del mundo.

Sentido contrario

SE ACERCA EL PROCESO ELECTORAL, las candidaturas están por definirse y mucha gente piensa que todos los diputados locales y los alcaldes querrán reelegirse. Pero esto solo se dará en algunos casos. La gente rechaza la reelección casi por instinto. Y entonces será un factor que los partidos tomarán en cuenta a la hora de decidir a quién lanzar. Algunos alcaldes no querrán repetir porque les está yendo de la patada por la falta de recursos. Y de los diputados, desprestigiados como están, serán pocos los que aparezcan en las listas. Roberto, el güero Cruz, es uno de ellos. Y no porque no quiera, sino porque la dirección nacional del PAN le ha hecho otras propuestas. Siempre y cuando, claro, apoye a Ricardo Anaya como candidato a la presidencia de la república.

Humo negro

—Esto pasó en septiembre. No en el septiembre de este año sino en el del año pasado. ¿O fue el antepasado, Melitón? —No, fue el pasado. —Sí, si yo me acordaba bien. Fue en septiembre del año pasado, por el día veintiuno. Óyeme, Melitón,¿no fue el veintiuno de septiembre el mero día del temblor? —Fue un poco antes. Tengo entendido que fue por el dieciocho.

Así inicia El día del derrumbe, uno de los cuentos de Juan Rulfo que compila en El llano en llamas, donde narra la desgracia de los pueblos que, como ahora, fueron devastados por un sismo primero y luego por la indolencia y la politiquería de gobernantes y políticos. Hay párrafos magistrales en el cuentopublicado en 1953, que retratan a nuestros políticos de hoy, en medio de la demagogia colgándose del dolor de las víctimas.

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