Viernes, Octubre 20, 2017

El documento en contra de las “herejías” del Papa también le tocó a Wojtyla

MTI/ Texcoco Mass Media/Juan Gabriel Cuevas P.
Publicada: Septiembre 26, 2017

Juan Pablo II con el cardenal Jorge Mario Bergoglio. VATICAN//TEXCOCO PHOTO

Las críticas contra Juan Pablo II fueron mucho más numerosas y difundidas, por parte de teólogos que criticaban el «centralismo romano». El cardenal Müller fue sujeto a exámenes de doctrina por los algunos blogueros

CIUDAD DEL VATICANO.- (Texcoco Press).- La velocidad de la red y de las redes sociales que se convierten en repetidoras contribuyen a agigantar lo que está sucediendo (por ejemplo en el caso de la llamada «corrección filial» al Papa Francisco), como si nunca antes hubiera pasado algo semejante. Una mirada a la historia reciente de la Iglesia nos hace comprender que no es así, además de ayudar a reportar a su justa dimensión el documento firmado por 79 estudiosos, investigadores, periodistas y blogueros en el que se sostiene que el Papa Francisco ha propagado y «proposiciones herejes». Los autores del texto, firmado también por el ex presidente del IOR, Ettore Gotti Tedeschi, indican 7 «herejías» en realidad nunca escritas o pronunciadas por el Pontífice, sino «deducidas» por ellos mismos de su magisterio o de sus discursos. Se trata, muy probablemente, de un primer paso hacia esa «corrección formal» a la que se ha referido con frecuencia el cardenal estadounidense Raymond Leo Burke, uno de los cuatro firmantes de las «dudas» sobre «Amoris laetitia» que fueron presentadas a Bergoglio.

Dar un paso hacia atrás ayuda a comprender el alcance real del documento que se está discutiendo en estos días.  Juan Pablo II, por sus afirmaciones en línea con el Concilio Ecuménico Vaticano II (verdadero blanco de muchos críticos) en los ámbitos del ecumenismo, de la libertad religiosa y del diálogo con las demás religiones, fue atacado repetidamente durante su vida. Y también después de su muerte algunas personas del área más extrema del tradicionalismo, representada por el «sedevacantismo» (es decir quienes consideran que no hay un verdadero Papa en la cátedra de Pedro desde Pío XII), llegaron a atribuirle 101 «herejías». Para criticarlo utilizaban citas extraídas de los documentos de los Papas del pasado.

Tienen que ver con algunas afirmaciones del Papa Wojtyla sobre el ecumenismo, es decir sobre los hermanos separados, que son, precisamente, llamados hermanos y ya no «hijos del diablo», sobre la posibilidad de definir a los «cristianos» incluso a los no católicos, sobre la salvación posible más allá de las fronteras visibles de la Iglesia, sobre la salvación de los niños muertos sin el bautismo, sobre la posibilidad del martirio cristiano fuera de la Iglesia católica, sobre la definición de los hebreos como «nuestros hermanos», sobre la libertad de conciencia como derecho humano, sobre el derecho a la libertad de profesar la propia fe incluso para los no católicos… Todo ello aderezado con notas en las que se indicaba dónde y cuándo el Papa Juan Pablo II había hecho ciertas afirmaciones, y dónde y cuándo afirmaban lo contrario los Papas del pasado.

Pero no hay que olvidar que el caso apenas citado se refiere a fracciones extremistas marginales, que en la actualidad se dan a conocer explotando las potencialidades de internet, pero que no tienen consistencia real entre el pueblo cristiano. Muy diferentes (tanto por su seriedad como por sus proporciones) fueron las críticas y las peticiones que hicieron llegar a san Juan Pablo II los teólogos que estaban en contra del llamado «centralismo romano». Una crítica al Pontífice polaco y también a su Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe Joseph Ratzinger. Estamos hablando de la famosa Declaración de Colonia, que hasta hace algunos años era presentada como un «ataque contra el magisterio» por parte de quienes hoy se comportan de la misma manera porque el magisterio no dice exactamente lo que ellos piensan.

En 1989, promovida inicialmente por los teólogos de Tubinga Norbert Greinacher y Dietmar Mieth y por un primer grupo de disidentes, la «carta abierta» fue suscrita por 162 profesores de teología católica de lengua alemana. Después la firmaron inmediatamente en Holanda 17.000 laicos y eclesiásticos y, en la entonces República Federal Alemana, 16.000 párrocos y laicos, además de un centenar de grupos católicos. Otras declaraciones parecidas surgieron en Bélgica, Francia, España, Italia, Brasil y Estados Unidos. El motivo que desencadenó la declaración fue la sucesión del obispo de Colonia y que se pusieran en discusión las prerrogativas tradicionalmente concedidas al capítulo en muchas diócesis alemanas en relación con la indicación de las ternas de los candidatos.

Se criticaban, pues, el «centralismo romano» y la falta de escucha por parte de la Santa Sede a las instancias e indicaciones de las Iglesias locales. Se decía que la negación de la autorización eclesiástica para la enseñanza a «teólogos y teólogas cualificados» era «un grave peligro y atentado a la libertad de investigación». En el documento se utilizaban los mismos argumentos de quienes ahora critican a Francisco, invitando a los «obispos a acordarse del ejemplo de Pablo, que permaneció en comunión con Pedro a pesar de “resistírsele en la cara”, en relación con la cuestión de la misión entre los paganos».

El 15 de mayo de 1989 también en Italia, es decir la nación que es considerada la más católica de Europa y en la que vive el Papa, que también es su primado, 63 teólogos publicaron en la revista «Il Regno» un documento crítico titulado «Carta a los Cristianos - Hoy en la Iglesia», expresando su disgusto «por determinadas actitudes de la autoridad central de la Iglesia en el ámbito de la enseñanza, en el de la disciplina y en el de ámbito institucional», para manifestar «la impresión de que la Iglesia católica ha sido sacudida por fuertes impulsos regresivos». Lo firmaron muchos profesores importantes de varias facultades teológicas y diferentes universidades italianas.

Volviendo a las críticas que provienen del frente «tradicionalista» o conservador, no hay que olvidar los ataques, a veces feroces, en contra de Benedicto XVI por algunos de sus discursos en los que afrontaba el tema del ecumenismo o por la decisión de participar en el encuentro interreligioso de Asís. Tampoco hay que olvidar que muchos criticaron muy duramente al cardenal Gerhard Ludwig Müller pocas semanas antes de que fuera nombrado Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, en 2012. Una operación de alto nivel, con apoyos dentro de la Curia romana, para sacar a la luz algunas de sus afirmaciones consideradas «heterodoxas» y para tratar de frenar su nombramiento.

La traducción a diferentes lenguas de los pasajes «dudosos» de sus obras fue enviada anónimamente por correo electrónico a varios periodistas con la esperanza de que se transformaran en los inquisidores de Müller. Y los textos fueron difundidos en sitios y blogs cercanos al llamado mundo tradicionista y lefebvriano. El futuro Prefecto, en su momento, escribió que la doctrina sobre la virginidad de María «no se relaciona tanto con específicas propiedades fisiológicas del proceso natural del nacimiento», que «el cuerpo y la sangre de Cristo no indican elementos materiales de la persona humana de Jesús durante su vida o de su corporeidad transfigurada» y que gracias al Bautismo «nosotros, como católicos y cristianos evangélicos, estamos ya unidos incluso en eso que llamamos la Iglesia visible».

En ese momento, para defender a Müller, salió al ruedo Nicola Bux, que era el asesor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con una entrevista a Vatican Insider en la que dijo: «El desarrollo doctrinal se enriquece con el debate: quien tiene más argumentos convence. En las acusaciones contra monseñor Müller se extrapola todo del contexto: así es fácil condenar a quien sea. Un verdadero católico debe confiar en la autoridad del Papa, siempre».

VATICAN/ANDREA TORNIELLI

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