Martes, Noviembre 21, 2017

La Estación
Gane quien gane
Gerardo Galarza

MTI/ Excelsior/Gerardo Galarza
Publicada: Septiembre 10, 2017

El nuevo Presidente de la República será un titular del Poder Ejecutivo acotado, maniatado y sin poder real

TEXCOCO.- El vergonzoso espectáculo que han dado los miembros de las cámaras de Diputados y Senadores en los días recientes es apenas una pálida sombra de la descomposición (putrefacción es la palabra exacta) del sistema político mexicano, misma que data de años sin que nadie haga algo por encontrar la solución, que debe haber, a ese grave problema.

Al presidencialismo de la dominación de siete décadas del PRI, presuntamente derrotado en el año 2000, ha seguido la cultura de ese totalitarismo, aunque ahora fragmentada, pero viva, saludable y actuante, al grado que ha invadido a todas las fuerzas políticas del país, incluidas a aquellas que honestamente, lucharon —desde la izquierda y la derecha, entonces así consideradas— contra ella en tiempos ya idos.

Hoy en México, no hay un proyecto de país, por lo menos entre los políticos. La lucha política se ha reducido a una simple lucha por el poder, grande o pequeño. El poder que, según la visión de quienes ahora lo detentan, sirve primordialmente para enriquecerse y mandar, mantener a raya a los demás, los cercanos y los lejanos. El ideal de todo dictador que se respete.

Como no importa el fondo, tampoco importa la forma. Lo importante es dominar. Lo saben, y lo ejercen o intentan ejercerlo, todos: priistas, panistas, perredistas, morenistas y la chiquillada política. También esa entelequia a la que muchos llaman “sociedad civil”, como si hubiera otra.

El viejo PRI, tan vigente hoy, consiguió su máxima victoria: lograr que todos actuaran como priistas.

El PRI consiguió invadir lo mismo a la izquierda real (buena parte de ella en el original PRD) que al PAN, su antigua oposición, y se dio el lujo de crear fuerzas políticas aparentemente contrarias, como Morena (encabezada por el autor de su himno, Andrés Manuel López Obrador), Movimiento Ciudadano (Dante Delgado, gobernador priista de Veracruz) y el Panal (el partido del SNTE, uno de los mejores ejemplos del sindicalismo priista), entre otras.

Los conquistados aprendieron bien el funcionamiento del sistema, basado en el seguimiento de la línea del tlatoani, del caudillo, del señor Presidente, del guía moral, del líder, del mesías. Los conquistadores saben que mantienen el control y también el de sus presuntos adversarios, quienes también siguen la línea. Una línea que debe conducir a algo que deje, que sea “productivo”, al enriquecimiento personal, a la corrupción. ¡Pruebas, pruebas!, se oyen los gritos. Bien: lea, vea, escuche a los medios de información —aunque usted no lo crea— de este país. Calcule usted mismo la gravísima degradación: la presidenta saliente de la Cámara de Diputados solicitando al secretario de Gobernación (miembro de otro poder constitucional) poner orden en ese órgano legislativo. Si se tratara de una priista quizás podría entenderse, pero es una legisladora panista, cuyo nombre, ¡por los huesos de Manuel Gómez Morín!, ni siquiera vale la pena mencionar. Contemos el chiste: en este país hay legisladores que no saben ni entienden la constitucional división de poderes, que creen que todo lo resuelve el Poder Ejecutivo, el que encabeza el señor Presidente de la República.

Las elecciones federales, incluida la presidencial, en julio de 2018, nada van a cambiar, las gane quien las gane. El nuevo Presidente de la República, el que sustituya a Enrique Peña Nieto, lo será como su antecesor, un titular del Poder Ejecutivo acotado, maniatado, sin poder real, al menos según la tradición de la cultura priista. Su palabra no será la ley.

No se trata de regresar a los tiempos del totalitarismo presidencialista, aquellos en los que las horas eran las que el señor Presidente ordenara o en que las hojas del árbol de la política se movían según la voluntad presidencial (añoranza, por cierto, de un candidato que buscará la Presidencia por tercera vez). No, de ninguna manera. Pero tampoco se trata de que el país siga perdiendo años de desarrollo político, económico y social, por la parálisis política que vive y que se ha manifestado nuevamente en estos días en las cámaras del Congreso de la Unión.

El nuevo Presidente de la República, sea quien sea, gane el PRI, el frente PAN-PRD (si lo hay) o López Obrador, no podrá emprender grandes reformas (vamos, ni siquiera quitarle la pensión al expresidente Vicente Fox), porque no tendrá una mayoría en el Congreso que le permitiera instrumentarlas. Tampoco logrará convencer a los contrarios, porque acá a la  legítima negociación política se le ha descalificado y despectivamente se le ha llamado concertacesión.

Hoy es hora de que los mexicanos piensen y vayan en búsqueda de otra forma de gobierno que permita y garantice la gobernabilidad de su país. No es ni será fácil, pero se avecinan ya otros seis años desperdiciados… gane quien gane.

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