Martes, Noviembre 21, 2017

Estilo de vida
Logro versus Fecundidad
Ron Rolheiser

MTI/ El Horizonte/Ron Rolheiser
Publicada: Septiembre 10, 2017

TEXCOCO.- Hay una diferencia real entre nuestros logros y nuestra fecundidad, entre nuestros éxitos y el indiscutible bien que aportamos al mundo.

Lo que realizamos nos trae éxito, nos da un sentido de orgullo, hace que nuestras familias y amigos estén orgullosos de nosotros, y nos da una sensación de ser valiosos, únicos e importantes. Hemos hecho algo. Hemos dejado una huella. Hemos sido reconocidos. Y junto con esos premios, trofeos, títulos académicos, certificados de distinción, cosas que hemos construido y artefactos que hemos dejado atrás, viene el reconocimiento público y el respeto. Lo hemos conseguido. Somos reconocidos. Además, generalmente, lo que conseguimos produce y deja algo que es útil para los demás. Podemos y debemos sentirnos bien con nuestros logros legítimos.

Sin embargo, como nos recuerda frecuentemente Henri Nouwen, el logro no es lo mismo que la fecundidad. Nuestros logros son cosas que hemos realizado. Nuestra fecundidad es el efecto positivo, a largo plazo, de estos logros en otros. El logro no significa automáticamente fecundidad. El logro nos ayuda a destacar, la fertilidad trae la bendición a la vida de otras personas.

Por lo tanto, tenemos que hacer esta pregunta: ¿cómo mis logros, mis éxitos, las cosas que estoy orgulloso de haber hecho, han alimentado positivamente a quienes me rodean? ¿Cómo han ayudado a traer alegría a la vida de otras personas? ¿Cómo han ayudado a hacer del mundo un lugar mejor y más amoroso? ¿Cómo algunos de los trofeos que he ganado o distinciones que me han concedido, han conseguido dejar a los que me rodean más tranquilos en lugar de más inquietos?

Esto es diferente a preguntar: ¿Cómo me han hecho sentir mis logros? ¿Cómo me han dado un sentido de autoestima? ¿Cómo han sido testigos mis logros de mi singularidad?

No es ningún secreto que nuestros logros, por más honestos y legítimos, a menudo producen celos e inquietud en los demás en lugar de inspiración y reposo. Vemos esto en la forma en que tan a menudo envidiamos y odiamos en secreto a personas de gran éxito. Sus logros generalmente hacen poco para mejorar nuestras propias vidas; sin embargo, en su lugar desencadenan una agitada inquietud dentro de nosotros. El éxito de otros, en efecto, a menudo actúa como un espejo dentro del cual vemos, inquietos y a veces amargamente, nuestra propia falta de logro. ¿Por qué?

Generalmente hay culpa de ambos lados. Por un lado, nuestros logros a menudo se derivan de una necesidad egoísta de apartarnos de los demás, de destacarnos, de ser únicos, de ser reconocidos y admirados más que de un auténtico deseo de ayudar verdaderamente a los demás. En la medida en que esto es cierto, nuestros éxitos están destinados a provocar la envidia. Aun así, nuestra envidia a los demás es a menudo el castigo auto-infligido del que habla Jesús en la parábola de los talentos, en la que el que esconde su talento es castigado por no usar ese talento.

Y así, la verdad es que podemos lograr grandes cosas sin ser realmente fructíferos, así como podemos ser muy fructíferos aún cuando obtenemos poco en términos de éxito y reconocimiento mundial. Nuestra fecundidad es a menudo el resultado no tanto de las grandes cosas que realizamos, sino de la gracia, generosidad y bondad que traemos al mundo. Lamentablemente nuestro mundo rara vez los considera como un logro, una realización, un éxito. No nos hacemos famosos por ser corteses. Sin embargo, cuando morimos, aunque bien podamos ser elogiados por nuestros logros, seremos amados y recordados más por la bondad de nuestros corazones que por nuestros distinguidos logros. Nuestra verdadera fecundidad fluirá de algo más allá del legado de nuestros logros.

Será la calidad de nuestros corazones, más que nuestros logros, lo que determinará cuan estimulante o asfixiante es el espíritu que dejamos atrás cuando nos vayamos.

Henri Nouwen también señala que cuando distinguimos entre nuestros logros y nuestra fecundidad, veremos que, si bien la muerte puede ser el fin de nuestro éxito, productividad e importancia, no es necesariamente el fin de nuestra fecundidad. De hecho, a menudo nuestra verdadera fecundidad se produce solo después de morir, cuando nuestro espíritu puede finalmente fluir más puramente. Vemos que esto también fue cierto en Jesús. Pudimos ser nutridos por su espíritu solo después de que él se fuera. Jesús lo enseña explícitamente en su discurso de despedida en el Evangelio de Juan, cuando nos dice repetidamente que es mejor para nosotros que se vaya porque es solo cuando se haya ido que podremos recibir verdaderamente su espíritu, su fecundidad plena. Lo mismo es cierto para nosotros. Nuestra plena fecundidad solo se mostrará después de que hayamos muerto.

Grandes logros no son necesariamente una gran fecundidad. Grandes logros pueden darnos una buena sensación y pueden hacer que nuestras familias y seres queridos estén orgullosos de nosotros. Sin embargo, esos sentimientos de logro y orgullo no son un fruto duradero o profundamente nutritivo. De hecho, la buena sensación que el logro nos da es a menudo una droga, una adicción, que siempre exige más de nosotros y libera la envidia y la inquietud en los demás, ya que acentúa nuestra diferencia.

El fruto que alimenta el amor y la comunidad tiende a provenir de nuestra vulnerabilidad compartida y no de aquellos logros que nos diferencian.

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