Jueves, Noviembre 23, 2017

El Papa: Barcelona, Congo, prófugos... «Dios llora con nosotros y nos sorprende»

MTI/ Texcoco Mass Media/Juan Gabriel Cuevas P.
Publicada: Agosto 23, 2017

El Papa Francisco entre los fieles en el Aula Pablo VI. AFP//VATICAN//TEXCOCO PHOTO

Habló sobre el Dios que renueva todas las cosas: «nosotros los cristianos, somos gente de primavera, no de otoño»

CIUDAD DEL VATICANO.- (Texcoco Press).- «He saludado a alguien de Barcelona: cuántas noticias tristes desde allí… Saludé a alguien del Congo: cuántas noticias tristes desde allá, por nombrar solo a dos de ustedes que están aquí. Traten de pensar en los rostros de los niños atemorizados por la guerra, el llanto de las madres, los sueños rotos de muchos jóvenes, en los prófugos que afrontan viajes terribles y son explotados tantas veces…». Durante la Audiencia general de este miércoles 23 de agosto, el Papa, que después de la catequesis rezó también por los muertos, los heridos, los familiares y los que perdieron las casas en el terremoto que sacudió la isla de Isquia, en Italia, invitó a los fieles a leer «no de manera abstracta, sino después de haber leído una noticia de nuestros días» el pasaje de la Biblia en el que Dios afirma: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!». Porque «la grande visión de la esperanza cristiana» se basa en que «nosotros tenemos un Padre que sabe llorar, que llora con nosotros», «un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diferente», un «Dios de las novedades y de las sorpresas». Y el cristiano, dijo Francisco, «es una persona de primavera, que espera el fruto, que espera la flor, que espera el sol», no una persona «de otoño», que ve hacia abajo «como los cerdos», siempre «amargado, con la cara de pimiento en vinagre».

«La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedades en la vida del hombre, en la historia y en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios de las novedades porque es el Dios de las sorpresas», explicó el Papa prosiguiendo con su ciclo de catequesis dedicado a la esperanza cristiana. «No es cristiano caminar con la mirada hacia abajo, como hacen los cerdos, sin alzar los ojos al horizonte».

«¡Yo hago nuevas todas las cosas!»

«Traten –propuso el Papa a los fieles que se encontraban en el Aula Pablo VI– de meditar en este pasaje de la Sagrada Escritura no de manera abstracta, sino después de haber leído una noticia de nuestros días, después de haber visto el telediario o la primera página de los periódicos en donde hay tantas tragedias, en donde se dan noticias tristes a las que todos corremos el riesgo de acostumbrarnos. Yo he saludado a alguien de Barcelona: cuántas noticias tristes desde allí… Saludé a alguien del Congo: cuántas noticias tristes desde allá, por nombrar solo a dos de ustedes que están aquí. Traten de pensar en los rostros de los niños atemorizados por la guerra, el llanto de las madres, los sueños rotos de muchos jóvenes, en los prófugos que afrontan viajes terribles y son explotados tantas veces… La vida, desgraciadamente, también es esto. A veces se podría decir que es sobre todo esto. Puede ser. Pero –prosiguió– hay un Padre que llora lágrimas de infinita piedad por sus hijos. Nosotros tenemos un padre que sabe llorar, que llora con nosotros. Un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diferente. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata sobre todos los días de nuestra existencia, y que quiere levantarnos

«Dios no quiso nuestras vidas por equivocación, obligándose a sí mismo y a nosotros a duras noches de angustia», continuó Francisco. «Nos ha creado porque nos quiere felices» y «nosotros creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas sobre la parábola de la existencia humana».

Ser cristianos, prosiguió Francisco, «implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza. Algunos creen que la vida mantiene todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que vivir es un lento decaer. Otros más consideran que nuestras alegrías son solo episódicas y pasajeras, y que en la vida de los hombres está escrito el sinsentido. Esos que frente a tantas calamidades dicen que la vida no tiene sentido. Pero nosotros los cristianos no creemos esto. Creemos, en cambio, que en el horizonte del hombre hay un sol que ilumina por siempre. Creemos que nuestros días más bellos todavía están por venir. Somos más gente de primavera que de otoño. A mí –dijo el Pontífice– me gustaría preguntar, cada uno responda en su corazón: ¿soy un hombre, una mujer, un chico, una chica de primavera o de otoño? ¿Mi alma está en primavera o en otoño? No nos mezamos en nostalgias, arrepentimientos y quejas: sabemos que Dios nos quiere herederos de una promesa e infatigables cultivadores de sueños. ¿Soy persona de primavera, que espera el fruto, que espera la flor, que espera el sol, o persona de otoño, que siempre está con la cara viendo hacia abajo, amargado, como he dicho otras veces: con cara de pimiento en vinagre». El cristiano sabe que el Reino de Dios «está creciendo como un gran campo de trigo, aunque en medio haya cizaña, problemas, chismes, guerras, enfermedades… pero el trigo crece. Y al final el mal será eliminado».

El futuro, concluyó el Papa, «no nos pertenece» y al momento de la muerte, en el que tras la muerte estaremos con el Señor, «será bello descubrir en ese instante que no se perdió nada, ninguna sonrisa y ninguna lágrima. Por larga que haya sido nuestra vida, nos parecerá haber vivido en un soplo. Y que la Creación no se detuvo en el sexto día del Génesis, sino que ha proseguido, incansable, porque Dios siempre se ha preocupado por nosotros. Hasta el día en el que todo se cumpla, en la mañana en la que se extingan las lágrimas, en el mismo instante en el que Dios pronuncie su última palabra de bendición: “¡Yo hago nuevas todas las cosas!”. Sí, nuestro Padre es el Dios de las novedades y de las sorpresas. Y en ese día nosotros estaremos verdaderamente felices, ¿y lloraremos? Sí, pero lloraremos de alegría».

Después de la catequesis, el Papa recordó y aseguró su cercanía a «todos los que sufren debido al terremoto que el lunes por la noche sacudió la isla de Isquia. Rezamos por los muertos, por los heridos, por los respectivos familiares y por las personas que han perdido la casa». Entre los fieles presentes, Francisco bendijo a Polonia, recordando que el sábado y el domingo en el santuario nacional en Jasna Gora se celebra la solemnidad de la Beata María Virgen de Czestochowa y el tercer centenario de la coronación de su milagrosa estatua; también saludó a un grupo de estudiantes universitarios españoles que entonaron un canto coral: «Creía que en la universidad de Salamanca solo les enseñaban a estudiar en los libros, ¡pero cantan bien, felicidades!».

VATICAN/IACOPO SCARAMUZZI

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