Miércoles, Agosto 23, 2017

Pronóstico del Clímax
La teta es primero
Xavier Velasco

MTI/ Milenio/Xavier Velasco
Publicada: Agosto 12, 2017

TEXCOCO.- Propaganda, propaganda y propaganda. Eso decía Hitler que es la política. Y eso explica, de paso, que fuera un deplorable administrador. ¿Para qué molestarse en aprender a hacer bien las cosas, si al cabo lo que cuenta es así cacarearlo? Un país atrasado es casi siempre aquél cuyos políticos odian el escritorio. Pues para ellos la chamba y sus intríngulis son una fruslería, comparados con la veneración filial que según sus pregones les merece La Patria. Y en concreto, Las Santas Tetas de la Patria.

Quieren los aspirantes a servirnos que en los próximos meses nuestra vida no sea más que política, política y política. ¿Y cómo no, si día a día los partidos dilapidan cuantías ofensivas y francamente estúpidas en machacarnos su jodida propaganda? Dinero que ellos mismos, en su calidad de hijos predilectos de la señora tetona de marras, se otorgan sin la mínima vergüenza, considerando que el dinero es nuestro. Y es así, derrochándolo, que buscan proponerse como sus infalibles administradores. Por si esto fuera poco, no gastan ni un centavo de dicha millonada en seguir propagando hasta la náusea su cantaleta sorda y redundante, puesto que el tiempo al aire les sale de gorra. Goebbels lo entendería: ¿para qué convencernos, si pueden aturdirnos?

Hay quienes aún creen —cada día son más— que el ejercicio y el abuso de la democracia son idéntica cosa, como otros equiparan el amor y el estupro. Nos presentan coartadas escritas con mayúsculas, como el niño que apela a las severas órdenes de su mamá para legitimar alguna fechoría. Si al fin van a abusar de los contribuyentes, ello tiene que ser en atención a los Altos Ideales de La Patria. ¿Por qué será que llegando a este punto pienso en aquellos curas licenciosos que hasta la peor vileza la perpetran al servicio de Dios?

Esta larga alharaca pavloviana supone la certeza tramposa y chantajista de que en muy poco tiempo nuestras vidas, y para colmo nuestras esperanzas, dependerán de quienes sean electos, y luego contratados para servirnos. ¿Hemos entonces de poner el dinero y además las plegarias, porque al cabo estaremos en sus garras? ¿No suena esto a los patos disparando contra las escopetas? ¿Cómo es que los profesionales del cacareo han conseguido que creamos más en sus capacidades que en las nuestras? ¿Cuál es la dignidad del ciudadano reducido a lactante?

Sé que no soy más que uno entre decenas de millones de sponsors, pero también por eso es que ahora opino. Pues más que esperanzarme o balcanizarme, la propaganda hueca me recuerda que muchos, entre los que pelean por servirme, sólo están preparados para defraudarme. No conocen el puesto que pretenden, ni en realidad tienen un plan concreto. Suponen que la Patria, en su sabiduría sacrosanta, se los proveerá todo desde el mismo calostro. Y en cuanto a mí, les tengo sin cuidado, toda vez que son ellos quienes se asignan sueldos y recursos, a la vez que controlan e intimidan hasta a la misma autoridad electoral, que será su alcahueta o no será.

Cada día los miro recordarme que mi deber estriba en dar el visto bueno a su contratación, pues ninguno como ellos ama tanto a La Patria y conoce lo que ella necesita y demanda. ¿Cómo entonces, si andan buscando chamba, se atreven a insultarse en mi carota? Para más inri, ahí están sus fanáticos. Hordas de majaderos cargados de prejuicios, frustraciones, rencores y certezas morales que han copiado los modos de sus patanes líderes, y esto los empodera para dar rienda suelta a su zafiedad y embarullar a fuerza de gritos, injurias y sandeces a quienes no pensamos igual que ellos.

Hasta donde se sabe, las sociedades más civilizadas son las que menos hablan de política. Allí donde los buenos dirigentes son antes que eso buenos administradores, luego entonces garantes y defensores del dinero de los contribuyentes (aquel pueblo al que tantas arengas le dedican). Da hasta risa leer esas novelas negras escandinavas donde aparece un hijo de vecino e increpa libremente al policía sobre el uso debido de los recursos públicos. ¿Qué pensaría, digamos, el puntilloso detective Kurt Wallander de la lavandería financiera que de puntilla acaba de engordar el presupuesto de incontables aspirantes?

Recuerdo, de la infancia, una expresión abyecta y aberrante: “Papá Gobierno”. Son aún muchedumbre quienes lo ven así, con la resignación de quien ha decidido morir niño. Todo menos pasar por el engorro de hacerse con las riendas de su destino. La dignidad, para ellos, consiste en subsistir de la cuna a la tumba enchufados a La Ubre de la Patria. Y para eso requieren de un papá, al que en vez de exigir y vigilar le serán obedientes y obsequiosos. De aquí a entonces nos quedan tres opciones, a saber. Propaganda, propaganda y propaganda.

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