Viernes, Julio 28, 2017

Federer ya tiene su octavo Wimbledon

MTI/ Texcoco Mass Media/Samantha Venegas
Publicada: Julio 16, 2017

Federer besa el trofeo de campeón en la central de Wimbledon. Clive Brunskill Getty//EL PAÍS//TEXCOCO PHOTO

LONDRES.- (Texcoco Press).-  Clavó un ace, la rúbrica ideal, y la pista central estalló. Asistió el público londinense a un momento único, histórico, porque Roger Federer acababa de vencer al croata Marin Cilic (6-3, 6-1 y 6-4, en 1h 41m) y conseguir así su octavo trofeo de Wimbledon. Dejaba atrás a Pete Sampras y William Renshaw, y sumaba su 19º gran título. Camino de los 36 años, lo que parecía imposible se ha hecho realidad: Federer, el gran Federer, ha dado con el mejor Federer. Después de derramar algunas lágrimas por la emoción, elevó su segundo Grand Slam del año y se situó muy cerca del número uno. Otra vez. ¿Quién lo diría hace solo unos meses, cuando su rodilla le obligó a parar medio año?

Desde 2012 no triunfaba en La Catedral. Esta vez, sin ceder un solo set, con cinco años más y apuntando de nuevo al número uno, porque de aquí a final de temporada no defiende un solo punto y sus opciones se han multiplicado, se coronó con 35 años y 342 días; es decir, solo Ken Rosewall, ganador del Open de Australia con 36 años, consiguió un trofeo tan valioso a una edad superior. Entre su primera muesca triunfal en el All England Tennis Club y esta última, 14 años de diferencia. Dormirá esta noche ya como número tres y con 93 trofeos, a solo uno de Ivan Lendl. 321 triunfos en los Grand Slams y 91 en Wimbledon, 17 premios en hierba...

La reacción natural al juego de Federer es el suspiro. Y este domingo, en La Catedral, ese marco tan solemne que idealiza un poco más la figura del suizo, la tarde se convirtió en un permanente suspiro. El suspiro puede tener una acepción negativa o positiva, pero en el caso del ganador de 19 grandes no hay duda: aspirar, espirar, una ligerísimo impasse y… ¡Pam! Ya está ahí, el placer, la deliciosa sensación de ver al de Basilea trazar uno de esos reveses o esas derechas que seducen en todo el mundo, porque aquí, en Londres, a nadie se le aplaude más que a él. Hasta en el palco de Cilic se veía algún individuo portando una gorra con las siglas RF.

Viendo el rostro de Federer en el paseíllo que precede el acceso de los finalistas a la pista se entiende todo, que está hecho de una pasta especial. Lo que para muchos otros supone un trámite angustioso, el delicado instante en el que forcejean el deseo y la duda entre los pensamientos, para él es un trámite de lo más placentero, la antesala que precede al disfrute. Al suizo se le ha visto de toda guisa, de esmoquin, vestido de época o en versiones ultrafuturistas, pero sería imposible comprender su verdadera dimensión, la vasta extensión de uno de los grandes deportistas de la historia, sin una raqueta en la mano, levitando.

El pie izquierdo del croata

Hasta el propio Cilic pareció quedarse por momentos ensimismado. Y luego suspiró, pero no de gusto, sino porque su pie izquierdo ocultaba una desagradable dolencia que le mermó durante toda la final. Resistió durante 45 minutos, hasta que con 3-0 en el segundo set alcanzó su banquillo, se cubrió con una toalla la cabeza y rompió a llorar. Impotencia pura. Hizo lo que pudo el croata, pero cuando cedió la segunda manga no pudo aguantar más y se quitó la zapatilla, descubriendo la lesión. El pie vendado, dos sets por detrás y enfrente Roger Federer. El Annapurana por delante.

En el primer parcial el suizo ya le había dejado muy claro que no iba a vacilar lo más mínimo. Federer fue Federer en el sentido más estricto de su apellido. Bola al ángulo, cortada, liftada o violenta, en todos los formatos; esa suspensión en el aire y esa derecha directa y elegante, como el crochet más pulcro y académico. Estéticamente insuperable. Restos duros y largos, larguísimos, en dirección a los pies del croata, que además de jugar lastimado tuvo valor y se expuso;no renunció a competir y dignificó un día tan señalado, en el que el de Basilea volvió a hacer algo grande, muy grande. Inmenso Federer.

En Wimbledon, su segundo hogar, el suizo ya camina en solitario.

EL PAÍS/ALEJANDRO CIRIZA

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