Viernes, Noviembre 24, 2017

El Santo Oficio
Una historia triste
José Luis Martínez S.

MTI/ Milenio/José Luis Martínez S.
Publicada: Julio 16, 2017

TEXCOCO.- El martes 10 de noviembre de 2009, Robert Enke salió de su casa para ir a entrenar. Estaba solo, su esposa Teresa había ido al médico con su hija adoptiva, Leila —vivía con ellos desde el 30 de abril, tres años después de la muerte de su hija Lara, una niña hermosa y alegre, quien nació el 31 de agosto de 2004 con el corazón enfermo.

Era portero del Hanover 96 y de la selección alemana, tenía 32 años y estaba en el mejor momento de su carrera. Pero lo acosaban los pensamientos más oscuros. Tenía miedo, tristeza, desgano. Tenía depresión. La había padecido por primera vez en 2003 y ahora volvía con más fuerza, arrebatándole todo: las ilusiones, la alegría, las ganas de vivir.

Condujo durante ocho horas por la ciudad de Empede, en la Baja Sajonia. Solo se detuvo para cambiarle aceite al coche; al final se dirigió a la estación de trenes. Teresa intentó comunicarse con él, pero había apagado el celular. “Robert, no me hagas esto”, pensó ella, desesperada por su silencio.

En el libro Una vida demasiado corta. La tragedia del ex portero de la selección alemana Robert Enke (Contra, 2012), el periodista Ronald Reng, su amigo de muchos años, escribe: “A veces cogía el tren para ir a entrenar. ¿Un portero cogiendo el tren de cercanías? ¿Por qué no? Al fin y al cabo, tenía buena combinación. Se conocía el horario de memoria. Sabía, por ejemplo, que a las seis y cuarto de la tarde el tren regional exprés con destino a Bremen pasaba a toda velocidad por Eilvese”.

El libro de Ronald Reng es un testimonio perturbador y una panorámica sobre el mundo más íntimo de los deportistas de élite, sometidos a presiones constantes, a luchas internas, al escrutinio salvaje de los medios. Es también una señal de alerta ante una enfermedad despiadada, en ocasiones inadvertida o poco comprendida por la mayoría de la gente.

Enke nació el 24 de agosto de 1977 en Jena, una ciudad del centro-este de Alemania, rodeada de bosques y montañas. Ahí comenzó a jugar futbol y se hizo profesional en 1995 en el Carl Zeiss Jena, a los 17 años. Tenía todo para triunfar, pero sus errores se le clavaban en la cabeza y no podía superarlos; le tenía pavor al fracaso y eso lo llevaba a frecuentes sufrimientos.

Lo atormentaba defraudar la confianza de los demás. Cuando fallaba aparentaba una sorprendente tranquilidad y se consumía por dentro, en el fatídico silencio de quien en todas las circunstancias está obligado a proyectar un carácter fuerte y seguro. Un portero de futbol, por ejemplo.

Fue fichado por el Borussia Mönchengladbach y luego por el Benfica. Se casó con Teresa en el verano de 2000, vivían en una ciudad hermosa —Lisboa— y eran felices; alquilaron una casa con jardín y se hicieron de muchos perros; se los regalaban o ella los recogía de la calle, le gustaban los animales y quería protegerlos del maltrato o el abandono, tan habituales en Portugal. Robert, mientras tanto, estaba atrapado en la indecisión y el miedo. “Le habría encantado destruir su carrera. La idea se hacía cada vez más fuerte, cada vez más seductora”, escribe Ronald Reng.

Abandonó el Benfica, donde era un ídolo, para irse a oxidar a la banca del Barcelona. Ahí comenzó su primera crisis; en un partido contra un equipo de segunda división le metieron tres goles, eso lo dejó con los nervios destrozados. Por insistencia de Teresa visitó a un psicólogo. “El médico —cuenta su biógrafo— le diagnosticó trastornos del humor, una especie de profunda melancolía que muchos experimentan tras una muerte, tras una pérdida o después de sufrir algún tipo de acoso”. Robert se sentía despreciado en el Barcelona, se sentía muy mal, pero lo ocultaba con una sonrisa y su característica amabilidad.

Después del Barcelona, tuvo una mala experiencia en Turquía con el Fenerbahçe y un renacer con el Tenerife. Superada la depresión, regresó a la Bundesliga con el Hanover 96, donde volvió a llamar la atención. El anterior entrenador, Jürgen Klinsmann, lo llamó a la selección alemana, pero rechazó la oferta: quería estar al lado de Lara, quien en su corta vida fue sometida a tres operaciones a corazón abierto, la primera recién nacida. No resistió la tercera y murió el 17 de septiembre de 2006. Él tomó su muerte con aparente serenidad, pero la depresión estaba de regreso.

En 2007, el nuevo técnico de la selección alemana, Joachin Löw, lo convocó para un juego contra Dinamarca, pero ni eso logró animarlo. En Barcelona, recuerda Reng, el doctor se lo había explicado: “su cerebro ya no podía gestionar el estrés, su sistema nervioso solo registraba estímulos negativos: miedo, rabia, desesperación”.

Como seleccionado, ponía pretextos para no entrenar, para no jugar. No deseaba sino permanecer en la cama. En su diario escribió: “¿Cuándo se va a acabar todo esto?”

Un día hizo una parada espectacular y al terminar el partido un amigo le habló por teléfono para felicitarlo. La respuesta de Enke lo dejó helado. “Ya no siento nada —le dijo—. Ni nervios, ni felicidad, nada. Estoy ahí, en el campo, y todo me da igual”.

Su suicidio, al arrojarse a las vías del tren, estremeció al mundo del futbol, lo despidieron miles de admiradores en toda Europa. También provocó un necesario análisis sobre ese enemigo silencioso, sobre esa oscuridad malsana llamada depresión.

Queridos cinco lectores, con indignación por la tragedia en el Paso Express en Morelos y coraje por las justificaciones de los paleros del gobierno federal en algunos medios, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.  

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