Jueves, Septiembre 21, 2017

Estilo de vida
Entendiendo la gracia más profundamente
Ron Rolheiser

MTI/ El Horizonte/Ron Rolheiser
Publicada: Julio 16, 2017

TEXCOCO.- La señal de una genuina contrición no es un sentimiento de culpa, sino un sentimiento de pesar, de arrepentimiento por haber tomado un giro equivocado, así como la señal de vivir en la gracia no es un sentido de nuestro valor propio, sino un sentido de ser aceptado y amado a pesar de nuestra indignidad. Estamos espiritualmente sanos cuando nuestras vidas están marcadas por una confesión honesta y una alabanza honesta.

Jean-Luc Marion lo destaca en un comentario sobre las famosas Confesiones de San Agustín. Él ve la confesión de Agustín como una obra de verdadera conciencia moral porque es a la vez una confesión de alabanza y una confesión de pecado. Gil Bailie sugiere que este comentario subraya un criterio importante para juzgar si vivimos o no en gracia: “Si la confesión de alabanza no va acompañada de la confesión del pecado, es un gesto vacío y pomposo. Si la confesión de los pecados no va acompañada de una confesión de alabanza, es igualmente vacía y estéril, materia de revistas y periódicos sensacionalistas, una parodia de auto arrepentimiento del arrepentimiento”.

Gil tiene razón; sin embargo, hacer ambas confesiones al mismo tiempo no es una tarea fácil. Generalmente nos encontramos cayendo en una confesión de alabanza donde no hay una real confesión de nuestro propio pecado; o en la “parodia de auto-arrepentimiento del arrepentimiento” de un converso que aún esta absorto en sí mismo, donde nuestra confesión suena hueca porque se muestra más como una insignia de sofisticación que como genuina tristeza por haberse desviado.

En ninguno de los casos hay un verdadero sentido de la gracia. Piet Fransen, cuyo libro magistral sobre la gracia sirvió de libro de texto en los seminarios y las escuelas de teología durante una generación, sostiene que ni el creyente que es seguro de sí mismo (que todavía envidia secretamente los placeres de lo amoral que se está perdiendo) ni la persona descarriada que se convierte pero que aún se siente agradecido por su aventura, todavía han entendido la gracia. Entendemos la gracia sólo cuando comprendemos existencialmente lo que está dentro de las palabras del Padre a su hijo mayor en la parábola del hijo pródigo: Mi hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero teníamos que celebrar y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y está vivo de nuevo; estaba perdido y fue encontrado.

El hermano mayor no estuviera amargado si entendiera que todo lo que posee su padre ya es suyo, así como no envidiaría los placeres que su hermano rebelde probaba si entendiera que, en la vida real, su hermano había estado muerto. Sin embargo, se necesita una comprensión más profunda de lo que es la gracia para intuir que, a saber, comprender que la vida dentro de la casa de Dios empequeñece todos los demás placeres. Lo mismo es cierto para el converso que ha renunciado a su vida rebelde, pero todavía secretamente se regocija en la experiencia y sofisticación que le trajo y nutre una compasión condescendiente por los menos experimentados. Él tampoco ha comprendido todavía la gracia.

En su libro La Idea de lo Sagrado, ahora considerado un clásico, Rudolf Otto sostiene que en la presencia de lo sagrado siempre tendremos una doble reacción: miedo y atracción. Como Pedro en la Transfiguración, queremos construir una tienda y permanecer allí para siempre; Sin embargo, como él también antes de la captura milagrosa de los peces, también queremos decir: “Apartaos de mí porque soy un hombre pecador”. En presencia de lo sagrado, queremos estallar en alabanza, así como queremos confesar nuestros pecados.

Esa comprensión puede ayudarnos a entender la gracia. Piet Fransen comienza su libro sobre la gracia, La Nueva Vida de Gracia, pidiéndonos que imaginemos esta escena: Imagínese a un hombre que vive su vida en un hedonismo sin sentido. Simplemente bebe en los placeres sensuales de este mundo sin pensar en Dios, en responsabilidad o en moralidad. Luego, después de una larga vida de placer ilícito, tiene una genuina conversión en su l echo de muerte, confiesa sinceramente sus pecados, recibe los sacramentos de la iglesia y muere en ese feliz estado. Si nuestra reacción espontánea a esta historia es: “¡bueno, que tipo tan afortunado! ¡él había tenido sus aventuras y todavía la ha hecho al final!”, todavía no hemos entendido la gracia, sino que seguimos siendo moralizadores amargados que se parecen al hermano mayor que necesita una conversación adicional con nuestro Dios.

Y lo mismo es válido para el converso que aún siente que lo que ha experimentado en su rebeldía, su aventura, es una alegría más profunda que la que conocen aquellos que no se han desviado. En este caso, vuelve a casa de su padre, no porque perciba una alegría más profunda allí, sino porque considera su regreso un deber no deseado, menos emocionante, menos interesante y menos lleno de alegría que una vida pecaminosa, sino como una salida moral estratégica necesaria. Él también tiene que entender la gracia.

Sólo cuando comprendamos lo que el padre del hijo pródigo quiere decir cuando le dice al hermano mayor: “todo lo que tengo es tuyo”, ofreceremos tanto una confesión de alabanza como una confesión de pecado.

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