Lunes, Julio 24, 2017

Luciani habló con sor Lucía de los problemas de la Iglesia y de la apostasía

MTI/ Texcoco Mass Media/Juan Gabriel Cuevas P.
Publicada: Mayo 12, 2017

Juan Pablo I. VATICAN//TEXCOCO PHOTO

  • En 1977, en Coimbra, el futuro Juan Pablo I se entretuvo largo rato con la vidente sobre los riesgos para la fe

CIUDAD DEL VATICANO.- (Texcoco Press).- Es un encuentro sobre el que se han hecho muchas hipótesis, y algunas de ellas son muy fantasiosas. En 1977 el cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia, durante un peregrinaje mariano visitó a sor Lucía dos Santos en el convento de clausura de Coimbra. Y estuvo hablando con ella bastante tiempo. Hay quienes deducen que durante ese encuentro la religiosa habría profetizado su elección (que se llevó a cabo un año después, como sucesor de Pablo VI) y también la brevedad de su Pontificado.

Con sor Lucía habló sobre la Iglesia y sus contemporáneos y agudos problemas, sobre el peligro de la apostaría. Los detalles de esta conversación entre el futuro Pontífice y la vidente que custodiaba los secretos de Fátima fueron revelados solamente hace diez años, en 2007, por el entonces secretario de Luciani, don Mario Senigaglia, durante una larga entrevista con la revista italiana «30Giorni».

Lo que originó las elucubraciones sobre la previsión del Pontificado fue el testimonio del hermano del Papa, Edoardo Luciani, quien nunca las avaló, pero contó un episodio que vivió en el invierno a caballo entre 1977 y 1978, cuando Albino Luciani estuvo algunos días en su casa. Una tarde, al verlo preocupado, Edoardo le preguntó a su hermano la razón y escuchó esta respuesta: «No logro dejar de pensar en lo que me dijo sor Lucía». Después de la elección, del 26 de agosto de 1978, y su improviso fallecimiento, después de 33 días de Pontificado, esa conversación con la vidente fue considerada bajo otra perspectiva.

Albino Luciani fue a Fátima el 9 de julio de 1977 y regresó a Venecia el día 12. Era la primera vez que viajaba al Santuario y fue en compañía de algunos peregrinos. Después de haber celebrado la misa en el santuario, el día 10, el 11 de julio fueron a Coimbra. Quien propuso y organizó la etapa en el monasterio de clausura fue la marquesa Olga Morosini de Cadaval, que, contó son Senigaglia, tenía relaciones con el convento. Estaba casada con un portugués, conocía desde hacía mucho tiempo a sor Lucía y le ayudaba con las traducciones de la correspondencia. «Durante la guerra —dijo el secretario de Luciani— tuvo incluso el encargo de llevar, personalmente y muchas veces de memoria, mensajes a Pío XI y mensajes de este a sor Lucía. Pacelli conocía a la marquesa desde su juventud… En el 77 ya era anciana, habrá tenido más de 70 años».

La que propuso la idea de un encuentro con sor Lucía fue la marquesa y se lo dijo a Senigaglia, quien le dijo que se la propusiera a Luciani inmediatamente, el mismo día. Y así fue. Obviamente se avisó a sor Lucía y dijo que sí. Pero gracias a este testimonio fue desmentida la hipótesis (considerada durante mucho tiempo) de que había sido la vidente quien había convocado al patriarca.

Ese 11 de julio, después de la misa celebrada en el monasterio, la marquesa Cadaval acompañó a Luciani a ver a «sor Lucía y permaneció con ellos. Viendo que Luciani lograba comprender bastante bien el portugués, se apartó, luego acabó el coloquio y volvió a acompañarlo» al restaurante en donde lo estaban esperando los peregrinos. El encuentro duró bastante.

Al volver a Venecia, Senigaglia se reunió con el patriarca. «Recuerdo que entré en su estudio y me dijo: “Siéntate”. Esto significaba que tenía ganas de contar algo. Me habló sobre su viaje, sobre el clima de auténtica oración y de gestos de penitencia conmovedora que había visto en Fátima. Sobre los peregrinos que habían hecho un largo trayecto descalzos por los guijarros de la explanada, bajo el sol, y sobre las pías mujeres que mendigaban, a la llegada, a los pies de esos peregrinos. Hablamos entonces de la diferencia con Lourdes y después sobre estas diferentes formas de piedad, y siguiendo con el discurso, en determinado momento, le pregunté sobre Coimbra: “Sé que estuvo allí y que también tuvo modo de encontrarse con sor Lucía…”. Y él: «Sí, sí, la vi… ¡Ah! Esta bendita monja”, me dijo, “Tomó mis manos entre las suyas y comenzó a hablar…”. Se quedó pensando un poco con las manos juntas y después continuó: “Estas benditas monjas, cuando empiezan a hablar nunca acaban…”. Pero me dijo que no había hablado sobre las apariciones y que él solo le preguntó una cosa sobre la famosa “danza del sol”».

Senigaglia le propuso a Luciani que escribiera un artículo sobre el encuentro, y fue publicado el 23 de julio por la revista semanal diocesana «Gente Veneta». «Y allí escribió lo que me había contado y todo lo que, al respecto, quería decir. Escribió, no sin su agudo y acostumbrado humor, de carácter jovial, sobre la velocidad con la que hablaba la pequeña monja, que con tanta energía y convicción insistía en la necesidad de tener hoy monjas, curas y cristianos con la cabeza sobre los hombros, y sobre el interés apasionado que revelaba, al hablar, por todo lo relacionado con la Iglesia y sus agudos problemas. También escribió que las revelaciones, aunque sean aprobadas, no son artículos de fe, que al respecto se puede pensar lo que se quiera sin afectar la propia fe, y concluyó con lo que siempre repetía sobre el significado de estos lugares marianos, es decir: que apariciones, no apariciones, mensajes, no mensajes, los santuarios están allí solamente para recordarnos la enseñanza del Evangelio, que es rezar».

En relación con el relato de Edoardo Luciani, el hermano del Papa, y de esa preocupación que percibió en el rostro del patriarca de Venecia, Senigaglia dijo: «Son impresiones, hipótesis, deducciones personales, que Edoardo expresó inmediatamente después de la muerte de su hermano. Y sobre las cuales yo no puedo responder. Sin embargo, Edoardo no sabía cómo había sido aquella circunstancia. Luciani solamente le dijo que se había encontrado con sor Lucía. Nada más».

Pero quedó el testimonio de esa preocupación, que no puede ser puesta en discusión, debido a la confiabilidad y al rigor moral del hermano de Juan Pablo I. Al respecto, comentó Mario Senigaglia: «Pero cuántas veces, cuando íbamos a ver a las monjas de clausura en Venecia, lo escuché decir: “Estas mujeres benditas… no salen nunca y no se les va una… ¡conocen los problemas de la Iglesia mejor que nosotros!”. Con sor Lucía habló sobre ellos en general. Sobre la Iglesia con sus problemas de hoy, sobre el peligro de la apostasía. Lo dijo. Y entonces pudo haber vuelto a pensar en ellos, no sin preocupación, a reflexionar».

Seningaglia, que falleció hace algunos años, conocía bien a la marquesa Cadaval, que falleció con casi cien años en 1997 y que, cuenta, «nunca hizo ninguna alusión, ni intuyó, de sus palabras, la mínima alusión a previsiones, profecías de sor Lucía sobre la persona de Luciani».

Hay un dato general que surge de las palabras del sacerdote veneciano que fue secretario de Luciani desde 1969 hasta 1976. Y es esa referencia a los problemas de la Iglesia y a la apostasía, tema relacionado a menudo con el secreto de Fátima. Por lo tanto es probable que el futuro Papa pensara y reflexionara en las palabras de la vidente no porque se refirieran a una profecía sobre él, sino porque eran sobre graves problemas y serios riesgos para la fe, tanto como para preocupar a un verdadero creyente como era el patriarca de Venecia. Tal vez mucho más incluso de una previsión sobre su vida, cuyo tiempo se había reducido.

VATICAN/ANDREA TORNIELLI

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