Lunes, Abril 24, 2017

Agua de azar
Enamorar a la Luna
Jorge F. Hernández

MTI/ Milenio/Jorge F. Hernández
Publicada: Abril 20, 2017

TEXCOCO.- Enamora la Luna quien habla a solas y se ve orillado, retirado en la paz de unos desiertos, como Quevedo, o bien en algún bosque abandonado como hizo el Amadís de Gaula, o al pie de una sierra pedregosa, como hace el Caballero de la Triste Figura. Habla al vacío y en murmullos que solo escucha su propio yelmo, encerrado lo que queda de su corazón en la armadura que brilla con la única luz que le ilumina la noche. En verdad, le habla a Ella, la dueña de sus quebrantos que hizo cambiar al Amadís y al propio Alonso Quijano de nombre; el primero pasó a ser Beltenebros y el hidalgo, que frisaba apenas los cincuenta años de vida, se vuelve el caballero Don Quijote, quien, enloquecido y en más de un sentido desahuciado, dicta en el papel de su conciencia la increíble y enloquecida idea de escribirle una carta a su señora Dulcinea del Toboso.

Parafraseando, digo alta y soberana Señora mía, llagadas las telas de mi corazón, huérfano ya de muelas y ferido de ausencia, digo a la simpar Dulcinea del Toboso que por lo menos deseo para Ella la salud que no tengo, y me pregunto si acaso su fermosura me desprecia, si acaso los valores de sus virtudes no son en mi abono, se afincará largamente en mí una hilera de cuitas duraderas. Escribo con la confianza de que mi escudero Sancho Panza te dará una relación entera de los modos y maneras en que quedo por añorar y soñarte, amada enemiga mía. Soy tuyo, si quieres brindarme socorro, y si no, en acabándoseme la vida se satisface tu crueldad y también mi deseo.

Palabras más o menos que escribe el Quijote y que le pide a Sancho que entregue personalmente a la Dulcinea en El Toboso, pero al precisarle que se trata de la hija de Aldonza Nogales y Lorenzo Corchuelo, el entrañable escudero cae en cuenta que se trata de Aldonza Lorenzo, moza labradora, ordeñadora de vacas que llega a despedir un hedor de sudores masculinos por la pesada carga de trabajo diario, y uno la imagina hasta ligeramente bigotona, carirredonda y chata, de lonjitas como porras y siete dientes desalineados, pero aquí el genio de Cervantes permite que la mejor novela jamás contada se abra en ventanas sucesivas de realismo e imaginación para bordar un juego de espejos que vale la pena no solo exprimir en constante lectura, sino quizá aplicar a la vida misma: la carta que redacta el Quijote es una parodia de las cartas que escriben los caballeros andantes de la literatura en olvidados pergaminos, un parlamento cantinflesco que además ha de perderse en manos de Sancho, quien luego intenta recrear de memoria. Sancho, además, confronta a su Señor y Amo y le dice que Aldonza Lorenzo no puede ser la simpar Dulcinea pues le consta conocerla y saber de viva mirada que la joven no es de buen ver, pero Cervantes escribe ese peregrino pasaje efímero en donde el Quijote parece saberlo perfectamente, pero “píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad”, como quien guiña un ojo por única vez ante la Razón con mayúsculas y confiesa “sí estoy loco y todo esto es locura pura, pero así me gusta soñar mis deseos y tengo toda la razón de la sinrazón para ejercer la idealización que supuestamente solo ejercen los poetas en su ensoñación”.

Así como en una de las páginas que aparecen a continuación, donde el caballero y su amigo inseparable viajan a El Toboso para verificar el encanto que ya se ha engrandecido como un poliedro de reflejos, así también pienso viajar el próximo sábado al noble pueblo de El Toboso y verificar la majestad iluminada de su inmensa iglesia, que en la oscura noche quizá solo sea percibida por otros mortales como una inmensa sombra de incierto bulto, y confirmar que las tres mozas que vienen por un sendero polvoriento mientras corretean cerdos o algún borrico o una bicicleta de esas de montaña, son en verdad damas de compañía y su alteza real Dulcinea la imaginada, la impalpable presencia del recuerdo intacto, la sublimación de la ilusión y amada enemiga mía. Que otros ojos crean que le hablo a la sombra extendida de las ramas de una encina cuando sienta el impulso de lanzarme a los brazos de un recuerdo, el tallo del tronco la cintura memorizada durante un único baile al son de una música que no recuerdo, las ramas despeinadas como la cabellera que se confunde con la noche o se despeina como un ramo de algas de fuego con los rayos de un Sol que parece imposible en la noche, en el negro terciopelo donde los caballeros andantes hablamos con la Luna con el imbatible afán de enamorarla.

jorgefe62@gmail.com

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