Sábado, Agosto 19, 2017

Prácticas indecibles
La tragedia mexicana
Rafael Pérez Gay

MTI/ Milenio/Rafael Pérez Gay
Publicada: Abril 19, 2017

TEXCOCO.- Mientras leo las noticias de los gobernadores acusados, perseguidos, fugados, aprehendidos, me hago una pregunta absurda e ingenua: ¿el robo es inherente a la política? ¿Solo las instituciones sólidas y las leyes inflexibles pueden evitar el saqueo del erario público? Dicen los que saben que lo que vemos con azoro y estupor se debe al federalismo mal entendido, a las arcas abiertas, a los congresos locales cómplices. Correcto, pero vale la pena preguntarse si estos gobernadores y buena parte de nuestra clase política han sido educados políticamente para el robo y la exacción, el despojo y la trapacería.

En política, la honestidad ha caído en desuso, ésa es la crisis por la cual atravesamos a ciegas. El que es honesto pierde de todas, todas. No gana candidaturas, las pierde; no logra el poder, lo pierde y se condena al olvido.

El sistema político mexicano ha llegado a un lugar en el cual todo se decide con dineros malversados. No encuentro una sola causa (es un decir) que no provenga de arreglos oscuros, negociaciones ilegales, depósitos sospechosos, evasiones de la ley electoral, desvíos, lavados, grandes cantidades de dinero, operaciones de control para una realidad diseñada de acuerdo a un plan que consiste en robar, robar y robar.

Como en muchos órdenes de la vida, el esfuerzo por entender el escándalo de la corrupción mexicana consiste en precisar con la menor pedantería académica que sea posible el origen: ¿por qué una parte considerable de los políticos mexicanos le mete mano a los dineros públicos para emprender aventuras privadas, personales o colectivas? Propongo una respuesta simple: porque han sido educados para eso, para robar, y no conciben movimiento alguno sin una trapacería. El caso emblemático de Duarte así lo demuestra.

Si se trata de robar, no hay federalismo, ni congresos, ni leyes, ni jueces, ni partidas etiquetadas ni la manga del muerto que impida que nuestros políticos corrompan y se corrompan. ¿Cómo aceptar la limitación de los deseos? O bien, ¿la política es la realización ilimitada de los deseos de quienes han logrado el poder? Empiezo a meterme en camisa de once varas, pero sé que hay en esto una tragedia mexicana, de eso no tengo duda. Sí, las tragedias son irreparables y en este caso, la nuestra no proviene de un designio divino sino de la mano del hombre. Duarte podría decir: me enseñaron a robar, ¿por qué me piden entonces que no lo haga?

rafael.perezgay@milenio.com
Twitter: @RPerezGay

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