Lunes, Abril 24, 2017

“El resucitado hace saltar nuestras desmedidas ambiciones”

Gabriel Cuevas para Alianzatex
Publicada: Abril 17, 2017

El Papa desde el altar mayor de la Basílica de San Pedro. VATICAN//TEXCOCO PHOTO

  • Recuerda el rostro de las mujeres que descubrieron el sepulcro vacío, el mismo roto de quienes hoy sufren el dolor por la miseria, por la explotación y la trata

CIUDAD DEL VATICANO.- (Texcoco Press).- Cristo quiere hacer saltar todas las barreras. Los obstáculos que encierran a los seres humanos en “estériles pesimismos”. En “nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en “nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad” y las “desmedidas ambiciones, capaces de jugar con la dignidad ajena”. Es la resurrección de Cristo, anunciada por el Papa desde el altar mayor de la Basílica de San Pedro. Una resurrección que debe sacudir, y poner en marcha. Como explicó Francisco, esta noche durante la vigilia pascual.

Ante autoridades políticas y diplomáticas, cardenales, obispos y más de cuatro mil fieles, el pontífice presidió la ceremonia del fuego nuevo. Con el alfa y la omega marcó un gran cirio pascual. Luego, sólo con esa luz, ingresó en el templo oscuro. Después, gracias al recuerdo de la resurrección, todas las luces se encendieron y comenzó la vigilia.

Durante la homilía, el líder católico reflexionó sobre las mujeres que fueron a buscar el cuerpo de Cristo. María Magdalena y la otra María, con su paso cansado de confusión rumbo al sepulcro, debilitado como aquel de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma. Evocó sus rostros pálidos, bañados por las lágrimas y la pregunta: “¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?”.

Ellas, señaló, fueron mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias. Entonces invitó a hacer un ejercicio de imaginación para ver en sus caras, los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana.

“Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas”, ejemplificó.

“Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad”, agregó.

Reconoció que los rostros de los fieles hablan de heridas, muchas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Precisó que el corazón humano sabe que las cosas pueden ser diferentes, pero sin darse cuenta, muchos se acostumbran a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración, a convencerse que es la “ley de la vida”, terminando todo en una “triste resignación”.

Pero advirtió que esas mujeres fueron sacudidas, algo les movió el suelo y una voz les dijo: “No teman, ha resucitado como lo había dicho. La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo”.

“El latir del resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena”, aseguró.

Precisó que, cuando el sumo sacerdote y los líderes religiosos, en complicidad con los romanos, creyeron que podían calcularlo todo, cuando creyeron que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpió para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad.

Entonces, dijo, Dios, una vez más, salió al encuentro del ser humano para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Porque –siguió- esa es la promesa reservada desde siempre, es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel.

Ese latir del resucitado cambió el paso de aquellas mujeres, las hizo alejarse rápidamente y correr a dar la noticia, las hizo volver sobre sus pasos y sobre sus miradas, volvieron a la ciudad a encontrarse con los otros. Por eso, invitó a todos a “ir con ellas”, volver a la ciudad y anunciar la noticia, a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución.

“Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el señor está vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos”, destacó.

“Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar”, ponderó.

Después de la homilía, el Papa confirió el sacramento del bautismo a 11 catecúmenos, personas que se convirtieron al catolicismo ya en edad adulta. De ellos, tres son italianos, dos albaneses y el resto proviene de Malta, España, República Checa, Estados Unidos, Malasia y China.

VATICAN/ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ

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