Lunes, Julio 24, 2017

El Santo Oficio
Yo no
José Luis Martínez S.

MTI/ Milenio/José Luis Martínez S.
Publicada: Abril 16, 2017

TEXCOCO.- El cartujo recuerda una historia contada por Javier Cercas en El punto ciego (Random House, 2015), protagonizada por Franz Kafka, vivamente interesado en los sucesos políticos, asiduo a mítines y asambleas electorales.

Un día —dice Cercas—, Kafka participó en un acto de protesta contra la ejecución del anarquista francés Jean-Jacques Liabeuf, guillotinado el 2 de julio de 1910 en París. La policía irrumpió violentamente en la reunión, ordenando disolverla de inmediato. En medio de golpes, persecuciones, gritos, Kafka, silencioso y sereno, permaneció en su lugar. Por desobediente fue llevado a la comisaría, de donde saldría después de pagar una multa.

Kafka no tuvo duda en decir “No” a una orden arbitraria. Lo hizo sin alharaca, sin aires de mártir, sin palabras; lo hizo por convicción y dignidad. Se convirtió desde entonces, sin pretenderlo, en paradigma del “hombre que dice No”. “Este hombre —escribe Cercas— no se propone erigirse en ejemplo para nadie ni dar lecciones a nadie; tampoco dice No por el placer o el capricho o la vanidad de la contradicción, ni es un conformista del inconformismo, ni obtiene ningún rédito económico o profesional de su negativa: simplemente tiene la valentía de pensar con lucidez y de actuar de acuerdo con lo que piensa”.

El hombre libre

El monje revisita esta anécdota de Kafka al terminar la lectura de Yo no. El rechazo del nazismo como actitud moral (Taurus, 2017), del historiador y periodista alemán Joachim Fest, editor del legendario Frankfurter Allgemeine Zeitung y crítico severo de Gunter Grass por haber ocultado hasta la vejez su militancia en las temibles Schutzstaffel (SS) mientras, con ese vergonzoso secreto en el armario, devino implacable censor de sus contemporáneos con pasado nazi.

Yo no es un libro de memorias, un homenaje a Johannes Fest, padre del narrador, capaz de decirle No una y otra vez a un régimen tiránico y criminal. Es, también, una bofetada para los pusilánimes y convenencieros de todas las épocas y todos los lugares, para nuestros desprestigiados políticos, incomparables travestis, siempre en busca de su propio beneficio, dóciles a los mandatos de sus pandillas o sus líderes, aunque no tengan razón.

Johannes Fest era un hombre de convicciones firmes a quien nunca sedujeron las promesas de Hitler ni se dejó intimidar por las amenazas de sus funcionarios y simpatizantes cuando llegó al poder; creía en la democracia y muy pronto advirtió el peligro representando por el delirante vendedor de quimeras a quien la multitud idolatraba y los lambiscones —esa plaga infame— consideraban infalible.

Cuando supo del nombramiento de Hitler como canciller del Reich, Johannes Fest se estremeció. “Él no se hacía ninguna de esas ilusiones de las que eran víctimas tantas cabezas con amplia experiencia política: que Hitler iba a recobrar el juicio, que tendría cierto éxito o que fracasaría como el charlatán que realmente era”, escribe su hijo.

Tanto tiempo después, los embaucadores continúan arrastrando multitudes, aprovechándose del desencanto en la clase política, mintiéndole a todos, incluso a sí mismos, sembrando desconfianza y aun odio entre sus partidarios y detractores. Pretendiendo la aclamación unánime, lo mismo da si es genuina o de utilería.

Los años de soledad

Johannes Fest vio cómo se resquebrajaba su mundo. Por no simpatizar con Hitler, por no afiliarse al Partido Nacionalsocialista, por no responder el saludo nazi, por no permitir a sus hijos militar en las Juventudes Hitlerianas, perdió su empleo como director de una escuela oficial y más tarde le fue negado hasta el derecho de dar clases particulares.

A su alrededor fue formándose un círculo cada vez más amplio de ominoso silencio. Excepto unos cuantos, la mayoría de sus amigos se alejaron y los vecinos, antes amables, comenzaron a verlo con recelo. Por criticar al Führer se volvió un apestado, y con él su familia, su esposa y sus cinco hijos, tres hombres y dos mujeres.

Nada logró doblegarlo, ni la pobreza ni los esporádicos reproches y el miedo de su mujer. Veía los crecientes abusos por parte de los nuevos gobernantes, su desprecio por los derechos humanos y la libertad de expresión, y pensaba en la sensatez del pueblo alemán para conjurar el desastre y volver a la vida democrática. En vez de eso, la tiranía comenzaba a afianzarse y él estaba cada vez más solo.

Un día, su esposa le pidió afiliarse al Partido, aunque no creyera en él, solo para salvar las apariencias, recuperar su empleo, la tranquilidad de su familia. “Al final —le dijo ella—, seguimos siendo lo que somos”. Johannes Fest le respondió con firmeza: “¡Pues sucede que no! ¡Todo cambiaría!”

Ella insistió, no le pedía sino un poco de hipocresía; a veces, la gente humilde, para sobrevivir, debía recurrir a la mentira. Él la miró sorprendido y le dijo: “Nosotros no somos gente humilde. ¡No en estas cuestiones!” No en vano a sus hijos les había inculcado una frase para él sagrada: “Aunque todos participen, yo no”.

Cuando en tiempos electorales, en México vemos a los políticos sugerir a sus simpatizantes aceptar las dádivas de otros candidatos, engañándolos con la promesa de su voto; cuando la palabra ha perdido su valor y los chapulines se erigen emblema de la insumisión, siendo solo unos pobres diablos interesados, el ejemplo de Johannes Fest se hace más grande.

Queridos cinco lectores, después de una breve pausa, esta homilía volverá el 30 de abril, mientras tanto El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.   

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