Sábado, Marzo 25, 2017

La Estación
Sin cabeza
Gerardo Galarza

MTI/ Excelsior/Gerardo Galarza
Publicada: Marzo 19, 2017

Jorge Ibargüengoitia fue un maestro del sarcasmo y por ello muy ponderado, admirado y temido

TEXCOCO.- El de Jorge Ibargüengoitia fue uno de los nombres más mencionados en el coloquio “Cien años de Cultura y Letras en Excélsior (1917-2017)” que, con motivo del centenario de este diario, organizó el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

Ibargüengoitia, colaborador de Excélsior entre las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, es quizás el escritor mexicano que mejor ha combinado la crítica, el humor y la ironía en todos los géneros que practicó (teatro, novela y periodismo) para pitorrearse de la solemnidad y también de la cotidianidad de la vida mexicana, incluida, por supuesto, la política y sus practicantes. No dejaba títere con cabeza, se diría.

El gran escritor guanajuatense, estudiante de ingeniería, fue un maestro del sarcasmo y por ello muy ponderado, admirado y temido. El paso del tiempo ha confirmado su maestría, aunque justo es reconocer que también se aprovechó de México, los mexicanos y sus circunstancias. Se la ponían fácil, por así decirlo.

Bueno, la seguimos poniendo fácil. Lo que pasa es que Ibargüengoitia ya no está y “cuánta falta le haces a México, Jorge”, dijo su paisana María Luisa La China Mendoza, también escritora y colaboradora de estas páginas en el citado coloquio.

Veamos dos ejemplos recientes:

1.- La senadora panista Sonia Rocha Acosta presentó, el 7 de marzo, una iniciativa de reformas constitucionales para exigir como requisito para ser diputado tener una licenciatura, acreditada con título y cédula profesional.

Bonita iniciativa ésa, muy políticamente correcta. “Nuestra sociedad nos demanda más preparación en nuestro trabajo para que todos los ciudadanos tengan una forma adecuada de representación y digno gobierno”, dijo en la tribuna senatorial. Lo siguiente será exigir maestría a los aspirantes a senadores y doctorado a los candidatos a Presidente la República. En los tiempos de Platón, a eso se le llamaba aristocracia (el poder en manos de los “mejores”, especialmente de los filósofos).

Sin pretender cobrar como asesor, por simple amor al arte, en buen plan, pues, el escribidor le propone a la senadora Rocha Acosta y a los miembros de la bancada del PAN otras formas antidemocráticas para que sean sólo los miembros de las élites quienes puedan acceder al poder en México: la plutocracia (el gobierno de los ricos, “porque ya no tienen necesidad de robar”, sería la justificación); la teocracia (el gobierno de los dioses o, al menos, de sus representantes terrenales), la timocracia (el gobierno de los “honorables”)…

Luego podrían presentarse iniciativas para que también se limitara a quienes puedan votar. Por ejemplo, los analfabetas no tendrían derecho al voto; quienes terminaron la primaria sólo votarían por presidentes municipales; quienes tuvieran secundaria podrían votar por diputados locales; los preparatorianos podrían hasta votar por gobernadores; los licenciados, por diputados federales; los poseedores de una maestría, por los senadores (igualdad, ante todo), y sólo aquellos con doctorado elegirían al Presidente de la República. Claro, todos deberían de contar con certificados y cédulas avalados por la SEP.

2.- Los licenciados en derecho Angélica Palacios Zárate y Braulio Robles Zúñiga, ambos con estudios “poslicenciatura”, aspiraban a ocupar el nuevo  cargo de fiscal Anticorrupción.

Pero los miembros de las comisiones unidas de Justicia y Anticorrupción y de Participación Ciudadana del Senado, encargados de analizar a los aspirantes, descubrieron que los ensayos sobre el tema —uno de los requisitos para participar—  que presentaron los arriba citados se parecían mucho, digamos similares, por no decir que eran iguales. En lenguaje llano eso se llama plagio, un evidente acto de corrupción.

Los senadores descubridores del plagio evitaron informar si esos aspirantes a combatir la corrupción se habían “copiado” entre ellos o de dónde había obtenido “su” ensayo, pero decidieron separarlos del concurso. Oficialmente, a ella se le concedió derecho de audiencia y él declinó de su aspiración.

Tiene razón la querida China: ¡Cuánta falta le hace Jorge Ibargüengoitia a México!

CAMBIO DE VÍAS.- Dicen que los periódicos son un milagro diario. En la Redacción de Excélsior ese milagro ha ocurrido todos los días desde hace cien años, y se vuelve maravilla cuando los lectores ejercen su propio oficio. Cada día ha sido y es un nuevo comienzo. El escribidor ha estado y está en las dos puntas de camino, por eso ¡felicidades a todos!

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