Jueves, Julio 20, 2017

El Santo Oficio
Divagaciones sobre la memoria
José Luis Martínez S.

MTI/ Milenio/José Luis Martínez S.
Publicada: Marzo 19, 2017

TEXCOCO.- El cartujo suspira con alivio. Le ha vuelto el alma al cuerpo; ya no siente vergüenza de sus constantes olvidos ni envidia de quienes recuerdan con certeza autores, libros, canciones, poemas. No le importa si al enterarse de la muerte de Derek Walcott es incapaz de pronunciar uno solo de sus versos, mientras sus memoriosos cofrades improvisan un recital en el cual no falta la acerada melancolía de “Archipiélagos”: “La guerra de los diez años ha terminado./ El pelo de Helena, una nube gris./ Troya, un foso de ceniza blanca/ Junto al mar donde llovizna./ La lluvia se tensa como las cuerdas de un arpa./ Un hombre con los ojos nublados la toca con los dedos/ Y tañe el primer verso de La Odisea”.

Al monje no le afectan sus desfalcos culturales, sus descuidos; no le hace falta ejercitar la memoria, ese cachivache desacreditado y a punto de ser proscrito de las escuelas mexicanas.

Memorizar y comprender

En una entrevista reciente con Carlos Loret de Mola, el secretario de Educación, Aurelio Nuño, explicó los propósitos del nuevo modelo educativo; el principal —dijo— es abandonar la memorización y procurar el autoaprendizaje y el razonamiento. “Esto significa —agregó— que (los niños) aprendan a pensar, que aprendan a discernir, que puedan diferenciar lo que importa de lo que no importa, por ejemplo, que desde internet puedan diferenciar cuáles son los contenidos que valen la pena, que dan algo valioso, y cuáles no lo son”.

Con sus palabras enfáticas, contundentes, Nuño pone el ejemplo. Sin el estorbo de la memoria pasa de largo los objetivos de la reforma educativa impulsada en el sexenio de Luis Echeverría, uno de ellos: “Proporcionar al niño los medios para aprender por sí mismo”.

En un trabajo titulado Análisis pedagógico de los libros del maestro y del alumno de educación primaria (1976), el entonces novicio escribió: “Los objetivos de los programas (de educación primaria) pretenden que el alumno adquiera conocimientos que rebasen la simple retención de información y lo conduzcan a un pensamiento crítico y a una positiva escala de valores; que obtenga la habilidad de utilizar adecuadamente todas sus capacidades intelectuales y ayudarle a superar sus deficiencias”.

Aquella reforma educativa pretendía darle al alumno “más formación y menos información”. Más de cuatro décadas después, la cantinela vuelve a ser la misma. Se habla de escuelas de calidad, de maestros mejor preparados, de adecuar la educación a las necesidades del país y, ahora, al desarrollo de las nuevas tecnologías. La memoria queda relegada, como si hiciera daño, como si no fuera necesaria para aprender tantas cosas, como si no pudiera ser aliada del razonamiento (“surge la interrogante —escribe Guillermo Hurtado en el periódico La Razón— de si no podemos memorizar y, además, comprender”).

Lecciones de poesía

El fraile siempre ha tenido una memoria endeble. Hasta antes de la bendición de Nuño se sentía desdichado por ello, por no poder recordar una vieja canción, o el contenido de un libro, o alguna frase de una película (“Sabes silbar, ¿no? Solo tienes que juntar los labios y soplar”). Ya no. En estos tiempos la memoria es una maldición, sobre todo para quienes temen, no la condena social o el lejano juicio de la historia, sino la bofetada de sus trácalas desaciertos y traiciones en el momento menos oportuno. ¿Le gustará, por ejemplo, a Peña Nieto el recuerdo constante de la casa blanca? ¿A Videgaray el de su invitación al candidato Trump? ¿A López Obrador el de su apoyo a José Luis Abarca? ¿A Barbosa el de sus críticas acerbas a AMLO?

La mera acumulación de datos sirve para muy poco, pero sin la brújula de la memoria el saber, la crítica y aun el goce son imposibles, como bien lo decía San Agustín. Al nombrar algo, si lo conocemos o alguien nos ha hablado de él, podemos “verlo”, su imagen está guardada —dice el santo de Hipona en sus Confesiones— en el depósito de la memoria.

En una entrevista publicada en octubre de 2000 en la revista Letras Libres, David Huerta le pregunta a Derek Walcott, quien trabajó en las universidades de Harvard y Boston, sobre su forma de enseñar poesía. Entre otras cosas, el Nobel de Literatura 1992 responde: “Hay profesores que le han dicho a los estudiantes: ‘Hay que evitar la melodía’. Es inimaginable. Si estás enseñando a jóvenes estudiantes y no quieres que suenen demasiado melódicos, es como si les dijeras que deben intentar que no suene demasiado a español. Yo he tenido mucha suerte —en términos de resultados— en mis clases, así que puedo contestar que sí, que se puede tener una consistencia académica. Enseño mucha memoria, cómo recordar los poemas”.

Huerta lo cuestiona: “Durante los últimos cincuenta años la memorización ha sido muy desacreditada como método de enseñanza”.

Walcott contesta: “Hay que estimularla en la escritura. Es maravilloso porque (los estudiantes) se resisten, porque piensan, ¿para qué necesito aprenderme esto de memoria? Pero cuando tienen la oportunidad de hacerlo, lo hacen de muy buena gana. Lo que descubren a través de la memorización es que en la memorización se halla la melodía. Porque recuerdas a través de la melodía”.

La culpa de la mala educación en México no es la memorización, sino el olvido de tantas cosas, entre ellas la vocación de muchos maestros, la colaboración de los alumnos y padres de familia, la capacidad y honestidad de las autoridades.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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