Lunes, Marzo 27, 2017

La refugiada siria que trabaja como bióloga en el hospital del Papa

Gabriel Cuevas para Alianzatex
Publicada: Marzo 11, 2017

Nour Essa. VATICAN//TEXCOCO PHOTO

  • Ahora habla el italiano, se inscribió en la universidad y trabaja en el Bambino Gesù

CIUDAD DEL VATICANO.- (Texcoco Press).- Cuando llegó a Roma, el pasado 16 de abril de 2016 a bordo del avión en el que volvió a Roma Papa Francisco desde la isla griega de Lesbos, Nour Essa, bióloga, no hablaba nada de italiano. «Mi esposo había sido llamado para el servicio militar. Podían mandarlo a zonas peligrosas. No queríamos entrar a esta guerra, tal vez matas a alguien, tal vez alguien te mata; no estábamos ni con el régimen ni con los islamistas. No teníamos otra posibilidad. Decidimos escapar de Siria», explicó ahora en perfecto italiano la mujer de 32 años que ya no tiene tiempo para cursos de lengua en la escuela de la Comunità Sant’Egidio, porque se inscribió a la Universidad Roma Tre, para obtener el reconocimiento de su licenciatura siria. Y acaba de comenzar a trabajar en el hospital pediátrico Bambino Gesù, propiedad de la Santa Sede.

«Todos son muy gentiles y acogedores. Debo agradecer a la doctora Ersilia Discarelli y al doctor Ruggiero Parrotto por esta oportunidad. Debo aprender cosas nuevas y todos me ayudan», explicó Nour, que se licenció en biología en Damasco y había comenzado un doctorado en microbiología en Montpellier. Una experiencia que fue interrumpida cuando, después de haber pasado dos años en el extranjero, en 2013, la mujer de origen palestino volvió de vacaciones a su patria y descubrió que no podía volver a salir porque el régimen sirio había asoptado una política férrea para el expatrio de los palestinos.

Dos años después, la única manera para huir de la violencia fue abandonar Siria con cualquier medio. Nour, su esposo Hassan, que ahora trabaja en una tienda de Roma, y su hijo Riad, que está por cumplir tres años, dejaron Damasco el 4 de diciembre. Las bombas caían constantemente en la ciudad. Con un primer traficante y a bordo de varios vehículos («una ambulancia, una moto, un camión…») lograron llegar a Alepo oeste, bajo el control del llamado Estado Islámico, que no les permitía irse. Con un segundo traficante huyeron nuevamente y lograron entrar a Turquía, primero llegaron a Kilis, después a Gazientrep y, finalmente y en compañía de un centenar de prófugos, a Estambul. «Pedimos una visa para Francia, esperamos y esperamos, pero no nos la dieron», contó Nour Essa. La pequeña familia volvió a emprender el viaje hacia Izmir. El objetivo: Grecia. Pero hubo varias dificultades: «Era difícil atravesar las fronteras, porque estaba el acuerdo entre Grecia y Turquía para el control del flujo de refugiados». Al final, los tres se embarcaron en una patera con otras setenta personas para llegar a las costas griegas el 18 de marzo por la noche. «El viaje duró tres horas y medio, después el motor dejó de funcionar y nos quedamos media hora esperando en el mar. Al final la guardia costera griega nos encontró».

El grupo desembarcó en la isla de Lesbos, en donde las autoridades griegas y las organizaciones no gubernamentales son «muy acogedoras», se ocupan de los prófugos con problemas de salud y los llevan a un campo para refugiados. Justo a tiempo. «Fuimos muy afortunados, porque el día en el que desembarcamos cogimos nuestros papeles administrativos a las seis de la mañana, mientras las personas que llegaron el mismo día a las 18 o a las 19 ya no los obtuvieron, porque acababa de entrar en vigor la aplicación del acuerdo, y estas personas quedaron bloqueadas». Ese mismo día los afganos que llegaron fueron repatriados.

El 16 de abril llegó a la isla griega Papa Francisco, en compañía del arzobispo de Atenas y del Patriarca Ecuménico de Constantinopla. Y, sin que nadie lo esperara, se llevó consigo a 12 refugiados sirios musulmanes a Roma. Entre ellos estaban Nour, Hassan y Riad. «Para mí el Papa es un gran ejemplo, porque ha usado la religión para servir a los seres humanos y no para controlarlos. Los demás hombres religiosos deberían hacer lo mismo», comentó la mujer, que se volvió a encontrar con el Papa tanto en el Vaticano como durante su reciente visita a la Universidad de Roma Tre. Las familias se alojan en algunos departamentos de Roma y el alquiler lo paga el Vaticano. «Al segundo día de permanencia, gracia a la Comunità di Sant’Egidio, los niños ya iban a la escuela», dijo el mismo Bergoglio recientemente al periódico milanés “Scarp de’ tenis”. Y luego, en poco tiempo encontraron donde alojarse, los adultos comenzaron a ir a cursos para aprender la lengua italiana y también para buscar trabajo. «Claro –indicó el Papa–, para los niños es más fácil: van a la escuela y en pocos meses saben hablar italiano mejor que yo».

Nour lo confirma con una carcajada: «Mi hijo siempre canta “Il coccodrillo come fa...” (canción infantil italiana, ndr.)». La familia se ha adecuado a la vida italiana y al caos romano. La joven mujer extraña su país, las bellezas arqueológicas de Roma le recuerdan los antiguos edificios de Damasco, pero sobre todo extraña a sus familiares y amigos. Su madre y su hermano irán dentro de poco a Francia, en donde Nour tiene otros parientes, pues obtuvieron el estatus de refugiados políticos. Cuando la guerra acabe todos querrían volver a Siria. La esperanza es sencilla: «No somos yihadistas, no somos terroristas, no atemorizamos a nadie, solo queremos vivir una vida en paz: esta es la petición de cualquier ser humano, el derecho de cualquier ser humano. Todos somos iguales, nosotros tenemos una vida normal, como todos los europeos, tenemos un trabajo, una casa en Siria, pero escapamos de la guerra. Y escapamos para pedir una vida de paz para nuestro niño, porque tiene el derecho de vivir en paz como los demás niños del mundo… y como vivimos nosotros cuando éramos pequeños».

VATICAN/IACOPO SCARAMUZZI

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