Jueves, Julio 20, 2017

El gesto de Collins y la respuesta de Müller, las razones de un malestar

Gabriel Cuevas para Alianzatex
Publicada: Marzo 07, 2017

La Iglesia está pasando una fase delicada en la lucha contra la pederastia clerical. VATICAN//TEXCOCO PHOTO

  • Desde el punto de vista formal y logístico el cardenal tiene razón. Pero las víctimas de pederastia esperan mayor sensibilidad

CIUDAD DEL VATICANO.- (Texcoco Press).- El clamoroso gesto de Marie Collins, al abandonar la comisión vaticana para la Tutela de los menores, fue una verdadera sacudida, como la definió el Secretario de Estado Pietro Parolin. La mujer irlandesa, que sufrió los abusos de un sacerdote cuando tenía 13 años, indicó que había renunciado debido a algunas resistencias en la Curia romana. El episodio específico fue la decisión de la Congregación para la Doctrina de la Fe de no acoger una petición de la comisión, que invitaba a responder siempre directamente a las víctimas que escribieran.

Algunos días después intervino con tranquilidad el cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, explicando que su dicterio «tiene la tarea de hacer un proceso canónico. Es bueno que el contacto personal con las víctimas lo lleven a cabo los pastores del lugar. Y cuando llega una carta, pedimos siempre que sea el obispo el que siga el cuidado pastoral de la víctima, aclarando que la Congregación hará todo lo posible para hacer justicia. Es un malentendido que este dicasterio, en Roma, se pueda ocupar de todas las diócesis y órdenes religiosas en el mundo. No se respetaría el principio legítimo de la autonomía de las diócesis y de la subsidiariedad».

Las palabras del cardenal, que siempre se ha mostrado muy firme en la lucha contra la pederastia clerical, pueden ser explicadas de esta manera: la Doctrina de la Fe hace muchos esfuerzos para llevar a cabo con velocidad los procesos, que duran años, debido a su enorme cantidad. Para responder directamente a cientos de cartas se necesitarían más recursos humanos. La misma Comisión para la Tutela de los Menores, que no tiene la tarea de ocuparse de casos individuales, sino de proponer iniciativas para contrarrestar el fenómeno protegiendo a los niños, tampoco logra responder a todas las cartas e indicaciones que recibe. Hay que recordar también que la Congregación para la Doctrina de la Fe tiene funciones de tribunal, y hay que tenerlo en cuenta en las modalidades de la respuesta, que no debería condicionar el juicio final. Es cierto que, contando con las fuerzas necesarias, se podría responder directamente notificando la llegada de la denuncia o de la petición. Pero hay que preguntarse cuál sería el efecto si la víctima recibiera solamente un acuse de recibo con lenguaje notarial.

Efectivamente, no son raros los casos en los que las víctimas cuentan haber sido heridas nuevamente, después de los abusos sufridos, por las respuestas demasiado burocráticas o defensivas por parte de los obispos y de las curias diocesanas. Cuando en la comunicación prevalece el lenguaje jurídico y las preocupaciones por el desarrollo de los posibles procesos (con todo y petición de indemnización) no hay ni empatía ni la capacidad para demostrar compasión y cercanía para los que denuncian abusos sexuales.

Al mismo tiempo, hay que tener cuidado con no caer en eso que Müller definió como un cliché, es decir la representación del «Papa bueno» y la «Curia mala» que solo pretende obstaculizarlo. No hay duda de que este cliché se ha aplicado en la historia más o menos reciente de la Iglesia. Y tampoco hay duda de que en algunos casos no se trataba de un cliché, sino de una realidad: ¿cómo no recordar los contrastes y las resistencias más o menos encubiertas frente a las aperturas de san Juan XXIII? ¿Las distancias que algunos tomaron de san Juan Pablo II? ¿O las lentitudes con las que (no) se ponían en práctica las indicaciones de Benedicto XVI? Ahora, además, los ejemplos posibles son abundantes. Pero el cardenal Müller tiene razón al invitar a no generalizar. Por lo demás, una lectura detenida de lo que declaró la misma Marie Collins demuestra que ella misma no quiso llevar a cabo esta generalización según el cliché del «Papa bueno» y la «Curia mala», reconociendo la existencia de muchas oficinas vaticanas que colaboran con la comisión anti-pederastia.

Pero también es cierto que no se pueden ignorar las instancias, es más los gritos que están detrás de la decisión de Marie Collins. Gritos que llegan de los que han vivido la terrible experiencia de los abusos de un menor, los silencios, las complicidades, los ocultamientos, los menosprecios y sobre todo esa sutil y perversa capacidad clerical de hacer que la víctima parezca culpable y viceversa, provocando complejos de auto-acusación justamente en los niños o niñas que sufrieron abusos, sin comprender hasta el fondo cuán profunda es la herida en el alma de los pequeños violados y cuán grave es el crimen horrendo cuando los que lo perpetran son los sacerdotes a quienes las familias encomiendan a sus niños para que los eduquen a la fe. Deberían ser los obispos, recordó el cardenal Müller, los que muestren acogida, compasión, comprensión, cercanía. Son los obispos en sus respectivas diócesis los que deberían responder. Pero es comprensible que las víctimas también pidan respuestas a Roma.

Existen las reglas de la justicia, del proceso canónico, las normas casi de emergencia promulgadas por Benedicto XVI, que fueron confirmadas por su sucesor Francisco. Lo que debe aumentar es una mentalidad y una cultura capaces de ofrecer el testimonio de la cercanía y de la comprensión a las víctimas. Una cercanía y una comprensión que, seguramente, no tienen que ver con las comas del Derecho canónico ni con la lista de lo que compete a cierta oficina o no. Además, no hay que olvidar el testimonio personal de los últimos dos Pontífices, que en repetidas ocasiones y con valentía (incluso pudiendo provocar malos humores en la Curia o eclesiales) se han reunido con algunas víctimas. Las han acogido, escuchado, han llorado con ellas. Les han dado una respuesta.

¿Cómo lograr salir del «impasse» y tener en cuenta tanto la realidad contingente de la Curia romana y las reglas procesales, como el grito que representa la decisión de Marie Collins? Antes que nada saliendo de los opuestos extremismos, de las visiones que pintan con tonos oscuros los ambientes curiales como si fueran irredimibles, acaso para exaltar la figura papal (como sucedió y ha seguido sucediendo en los últimos cincuenta años). Y también saliendo de ese sutil sarcasmo clerical que bajo el escondite de los códigos muestra fastidio cuando una comisión vaticana, conformada también por mujeres y ex-víctimas, pretende hacer recomendaciones a los prelados, con la esperanza de que estos las tomen en consideración. Lo que se necesitaría, tal vez, es mayor sensibilidad, un exceso de sensibilidad, buscando soluciones nuevas, que, sin interferir con los procesos, puedan ofrecer el testimonio de que la iglesia está verdaderamente cerca de quienes han sufrido estos abusos.

Efectivamente, no está escrito en ninguna parte que la Congregación para la Doctrina de la Fe deba ser la que responda a cada una de las víctimas. Podría hacerlo otro ente, autónomo y sin relación con los procedimientos jurídicos, capaz de dar directamente un signo de atención y de cercanía a quienes quienes declaran ser víctimas de abusos.

VATICAN/ANDREA TORNIELLI

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