Domingo, Mayo 28, 2017

Las palabras nos salvan de las tristezas: Juan Cruz

MTI/ El País/Javier Rodríguez Marcos
Publicada: Noviembre 29, 2016

Juan Cruz y Jorge F. Hernández en la FIL Guadalajara. NICOLAS MALDONADO MERAZ//TEXCOCO PHOTO

GUADALAJARA, Jalisco.- (Texcoco Press).- “El gran arquitecto de Alfaguara”. Eso dijo el poeta y editor mexicano Julio Trujillo que había sido Juan Cruz, escritor, periodista de EL PAÍS y editor en los años noventa de sello que ahora publica El niño descalzo, presentado este lunes en la Feria Internacional de Libro de Guadalajara. Lo hizo antes de dar la palabra a dos periodistas y escritores –el mexicano Jorge F. Hernández y el propio Cruz- que improvisaron un diálogo digno de girar por los teatros. Silvia Lemus, viuda de Carlos Fuentes, y novelistas como Sergio Ramírez, Gonzalo Celorio o Alberto Ruy Sánchez estaban entre el público que asistió al “estreno”.

“Cuando murió Johan Cruyff este señor tardó un minuto treinta segundos en publicar su nota. Yo estaba comprobando todavía si Johan va con hache o sin hache y él ya había escrito un texto maravilloso”, contó Hernández para ponderar la rapidez de alguien que, añadió, “sabe escribir con la adrenalina del instante antes de que caduque el hecho”. “¿Puedes repetir eso?”, preguntó Juan Cruz. Una vez repetido, el presentador explicó que había hecho el ejercicio de leer El niño descalzo como una novela, o sea, como si no existieran las tres personas cuyas infancias sirvieron de motor a sus páginas: el autor, su hija y su nieto.

“He escrito este libro para que mi nieto lo lea en su día”, confesó el primero, “pero no es un libro sobre tres infancias. Lo que yo quería era situarme en la perplejidad de la infancia porque todos los días se sorprendo de estar vivo”. Si los artículos se escriben con palabras y con adrenalina, los libros son fruto del tiempo y del asombro. Unos requieren estar alerta; los otros, desconectar, “relativizar la histeria del periodismo”. “Como no he sabido envejecer, siempre he pensado que yo podía ser un escritor”, siguió. “Cuando empecé me encerraba porque pensaba que los escritores estaban encerrados y enfrentados a la vida y…” “Y gordos”, apostilló Jorge F. Hernández calibrándose la anatomía. Cruz: “Tú no estás gordo”. Hernández: “Te amo”.

“Casi todo lo que he escrito ha sido para tratar de saber quién soy yo de veras”, continuó Juan Cruz cuando el auditorio paró de reír. “La vida de uno se completa con la gente con la que ha vivido”, añadió. “Nos pasamos con los demás el 73,5% de nuestro tiempo”. “Certifico la cifra”, subrayó Hernández antes de que su compañero de charla explicara que si ha escrito sobre su padre, su madre, su barrio, su hija, su nieto y, en un próximo libro, sobre sus hermanos, lo ha hecho porque, en el fondo, el mayor misterio es la vida personal. “Hablo y hablo no porque, como se podría pensar, sea alguien dicharachero, sino porque tengo horror vacui”, dijo el autor de Ojalá, octubre. “La palabra nos salva de la tristeza de no saber qué decir”.

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